ME ODIARAS





3 de Abril de 2019.



CAPITULO UNO.





Cantabria 2 de diciembre de 1953.



Bernarda permanecía encima de su cama tapada hasta prácticamente los ojos con su manta de cuadros. En la cama de al lado su hermana Piedad dormía con total tranquilidad  ajena a todo lo que Bernarda estaba viviendo. Los ojos verdes de la niña se movían inquietos de un lado a otro de la habitación. La poca luz que entraba por la rendija de la puerta era suficiente para poder saber donde estaba Piedad y hasta cómo estaba tumbada en su cama. Su respiración calmada hacía que Bernarda estuviera en parte algo más tranquila. Por las voces que se dejaban colar en la habitación de las niñas podía saber también en que lugar estaban sus padres en el pequeño salón de la casuca que apenas tenía cuarenta metros y donde mal vivían cinco personas, dos perros y tres gatos que eran toda la riqueza que la familia poseía.



Su hermano Isaac no había llegado todavía de dejar el ganado en la cuadra. Bernarda sabía de sobra que su hermano ya había dejado a las vacas en su sitio hacia rato.Ella sabía perfectamente donde estaba el muchacho. A esas horas estaría en el prado del Tio Jacinto haciendo arrumacos a Isabel la hija de Vitoriano, uno de los mayores terratenientes de la zona y dueño de las vacas que Isaac cuidaba. Era dueño también, Vitoriano, de la casuca donde vivían y dueño hasta del prado del Tio Jacinto. Bernarda sabía que si pillaban a su hermano con esa moza retozando por los campos iba a tener un escarmiento que a la muchacha le daba miedo en qué podía consistir. Por desgracia, si eso sucedía, ella no iba a estar para verlo. Esa noche, cuando todos durmieran, tenía que abandonar su querida casuca, a su hermana Piedad y a sus padres para no volver en mucho tiempo o quizás para no volver jamás. Bernarda se tapó con la manta su rostro para ahogar el ruido de su llanto.



Bernarda se dio la vuelta en su cama. El colchón de lana se hundió un poco más, pero hasta ese detalle, en ese momento, le pareció agradable. Sin quererlo se tocó su tripa. Por suerte para ella nadie se había dado cuenta  de que estaba embarazada. Siempre había sido una niña de las que denominaban sus vecinas rellenita. Su abuela siempre decía que estaba preciosa y que no tenía nada que ver son su hermana Piedad que no era más que un saco de huesos. Bernarda abrazaba entonces a su abuela, la arrugada anciana la daba tanto cariño que la niña no podía por más que quererla con todas sus fuerzas.



Bernarda suspiró intentando hacer el menor de los ruidos posibles. También a ella la echaría de menos pero no podía permanecer en el pueblo por más tiempo. Su embarazo no tardaría en mucho en ser evidente y entonces todo saltaría por los aires. Su abuela no podía saber y mucho menos vivir con la idea de que uno de sus hijos era un violador. Sería una vergüenza para ella. Todas sus vecinas con las que ahora iba a lavar al río y con las que se sentaba en la puerta de su casuca a coser o con las que iba a misa cada domingo sin faltar ni uno la dejarían de hablar. La mirarían por encima del hombro y a ella sus amigas del colegio con las que había jugado esa misma mañana a la muñeca y con las que había aprendido a leer y escribir, también lo harían.

Bernarda había cumplido hacía un par de semanas catorce años y desde que su mente tenía memoria recordaba a su tío encima de ella. Primero había sido de forma sutil, un simple roce en la rodilla al ir a colocar un objeto en el armario, un toque en la mejilla o una caricia en su pelo largo hasta la cintura y negro como el azabache. Cosas que al principio Bernarda había tomado como algo natural propio del cariño que le tenía su tío, pero los gestos y las caricias cada vez fueron a más sin que ella pudiera hacer nada para impedírselo. Su fuerza era mucho menor que la de aquel hombre, además era difícil encontrarse con su tío y que no estuviera bastante ebrio, detalle que hacía que se volviera más agresivo de lo que era normalmente.

La primera vez que sucedió Bernarda tenía apenas ocho años. Se le encontró al volver del colegio. Su amplia sonrisa y un guiño de ojos hizo que Bernarda se echara a reír y fuera a su encuentro. Él la propuso que subiera a su casuca a merendar. La dijo que la abuela había hecho sobaos en el viejo horno de leña y podrían tomar un vaso de leche con uno de los deliciosos bollos. La idea a Bernarda la fascinó, no sólo por el hecho de comer los sobaos de su abuela si no de estar con ella, pero al llegar a la casuca la niña pudo comprobar que su abuela no estaba allí, su tío Leandro la empujó dentro de la casuca cuanto que abrió la puerta.

-No la busques que no está

-Yo no estoy buscando a nadie-dijo Bernarda con una tenue voz. No comprendía porqué su tío la había empujado dentro de la casuca con esos malos modos y la hablaba en un tono tan fuerte

Su tío suavizó la voz.

-No tardará mucho . Siéntate que te voy a preparar la merienda.

Bernarda volvió a relajarse.Sin duda su tío la quería y ella rea una desagradecida en no valorar los detalles que tenía con ella y su familia. El día anterior le había dicho su madre que todo lo que tenían era gracias a su tío Leandro y que siempre tenían que ser obedientes con él y no hacerle enfadar.

Bernarda se distrajo mirando como una mosca andaba por el filo del respaldo de la silla que tenía en frente de ella. No se dio cuenta que su tío se le acercaba por detrás.



5 de Abril de 2019.


CAPITULO DOS

Aquel primer encuentro sexual que tuvo Bernarda con su tío no supo como calificarlo, pero sabía que lo que habían hecho no estaba bien. Bernarda era una niña despierta para su edad y alguna noche cuando sus padres cerraban la puerta de la habitación de matrimonio ella se escabullía desde su cama e iba hasta la puerta y se quedaba escuchando. No entendía porque sus padres cerraban la puerta por unos minutos y luego la volvían abrir. La curiosidad hizo que una noche ella abriera levemente la puerta de la habitación y por la rendija que quedaba libre viera como su padre estaba tumbado encima de su madre. Bernarda se asustó tanto que volvió corriendo a su habitación. Pensaba que su padre estaba haciendo daño a su madre porque ella gemía como cuando Bernarda se hacía daño cuando se caía jugando con sus amigas en el colegio o en la calle. De camino a su habitación se topo con su hermano Isaac que la sujetó por los hombros y la paró en seco.

-¿Por qué vas corriendo a tu habitación?

-Papá está haciendo daño a mama- fue la inocente respuesta que la niña dio a su hermano
- ¿Qué has visto?

Bernarda contó entre sollozos a su hermano lo que acaba de ver. Isaac se echó a reír.

-Papá no está haciendo daño a mamá. Papá y mamá se quieren y los padres que se quieren se dan cariño y la forma que tienen los padres de darse cariño es esa

-¿Tumbándose papá encima de mamá?

Isaac asintió.

-Eso es. Tumbándose papá encima de mamá, pero eso no lo tenías que haber visto tú.

Eres muy pequeña para saber de esas cosas, asique será mejor que no digas a nadie lo que has visto porque si nuestros padres se enteran de que los espías se van a enfadar mucho como cuando tú cuentas un secreto a Piedad y yo os escucho ¿lo entiendes Bernarda?

La niña asintió y se marchó obediente hacia su cama sin contarle a su hermana lo que había visto y guardándose ese secreto para ella sola. Por eso sabía que lo que había hecho su tío con ella no estaba bien porque ellos no eran un papá y una mamá ni tampoco se querían como hacían sus padres. Esa noche Bernarda no pudo conciliar el sueño porque cada vez que intentaba cerrar los ojos veía la cara de su tío y recordaba el olor a alcohol que desprendía su boca. No pudo conciliar el sueño tampoco porque sentía un dolor muy fuerte que la recorría todo el cuerpo era como si una aguja se le clavara en sus partes íntimas y el dolor que eso la producía la subiera hasta la tripa. El dolor iba y venía, a veces era más tenue y otras veces más fuerte. Pronto ese dolor formaría parte de ella y esa sensación de no estar tranquila y de no poder conciliar el sueño también. 

De esa forma fueron pasando los años y Bernarda fue creciendo. Llegó un día en que desde su mentalidad de niña comprendió lo que estaba ocurriendo y comprendió también que pronto sería su hermana Piedad, cuatro años más pequeña que ella, el objetivo de su tío. Por eso y para evitar el sufrimiento que ella había pasado a su hermana fue Bernarda, la que se ofrecía a su tío para que se quedara satisfecho y no se fijara en su hermana pequeña.

Cuando cuatro meses atrás, la regla que hacía apenas tres años que la tenía, no hizo acto de presencia y comprobó que no manchaba las gasas que le daba su madre para esos días entendió que estaba en cinta. Bernarda se las ingenió para que su madre no sospechara y le decía que bajaba ella al río a lavar y que sus gasas se las lavaba ella que ya era mayor y que todas sus amigas lo hacían. Así fue como Bernarda hizo que su madre no empezara a hacer preguntas y no empezara a atar cabos de lo que su hija estaba viviendo.
En la oscuridad de la habitación Bernarda miró hacia la cama de su hermana. Si ella se iba y dejaba a Piedad allí sola su tío repetiría todo lo que había hecho con ella, quizás su hermana hablara y se lo dijera a su hermano Isaac, sin duda este se lo contaría a su padre y los dos irían a por su tío o quizás no hicieran nada o quizás la culparan a ella de haberlo consentido.

Bernarda se bajó de su cama sin hacer apenas ruido y sacó su pequeña maleta de detrás del armario de su habitación. Si metía la poca ropa que tenía su hermana podría llevarse a Piedad con ella, pero eso significaba que la tenía que explicar muchas cosas y quizás su hermana se enfadara con ella o no quisiera acompañarla. No sabía que hacer ni que era lo mejor para las dos. De su cuello se saco una pequeña cuerda que tenía en su final una bolsita de tela. Bernarda se acercó a la puerta de la habitación, a través de la ranura de la puerta y con la poca luz que entraba se sentó en el suelo y volvió a contar el dinero que había reunido para su fuga. Tenía dinero suficiente para poder llevarse a Piedad con ella.

Bernarda llevaba cuatro meses robando del cepillo de la iglesia y en la sacristía de Don Anselmo, el cura del pueblo. Desde muy pequeña Bernarda había ayudado en la limpieza de la vieja iglesia poco a poco se había ganado la confianza de Don Anselmo y él que ya era un hombre mayor hacia hacer a la niña. El trabajo de Bernarda consistía en barrer todos los domingos la iglesia y la sacristía, vaciar los cepillos y una vez al mes fregaba los suelos y las estatuillas de los santos cuando supo que estaba embarazada y tomo la decisión de marcharse de su pueblo comprendió que sin dinero no iría muy lejos, era algo que oía todos los días a sus padres y por ese motivo sabia que en su familia el dinero brillaba por su ausencia. Una vez oyó decir a su padre que las personas más ricas del pueblo eran Vitoriano y Don Anselmo. A Vitoriano era difícil de llegar y mucho menos de robar, pero Don Anselmo…eso era otra cosa y así poco a poco se fue haciendo con su pequeña fortuna. Apartó las monedas de diez céntimos y las hizo un montón, hizo lo mismo con las de cinco céntimos y con las de dos con cincuenta y por último apartó su gran tesoro. Las pesetas. Esas monedas le salvarían la vida. Una mano pequeña se apoyó en su hombro, Bernarda dio un respingo. Tuvo que ahogar un pequeño grito que le llegó a su garganta. Su hermana Piedad la miraba en la oscuridad.

Con un susurro la niña pregunto a Bernarda

-¿Qué haces?

En el mismo tono de voz con el que su hermana hablaba Bernarda la contestó

-Piedad. Esta noche tú y yo nos tenemos que ir de aquí

Lejos de sorprenderse la pequeña la pregunto

-¿A dónde vamos a ir? ¿De dónde has sacado tantas monedas? ¿Son para jugar?

-No Piedad. Son para vivir muy lejos de aquí.

La niña empezó a sollozar

-No quiero irme. No quiero dejar a papá ni a mamá ni a Isaac. No quiero

-No los vamos a dejar. Solo nos vamos a ir unos días, luego volveremos con ellos serán…como unas vacaciones

-¿Vacaciones? ¿Eso qué es?

-Tu sabes que Vitoriano se marcha todos los veranos unos días del pueblo y luego vuelve
La pequeña asintió. Bernarda no podía ver los gestos que su hermana hacía, pero por su silencio comprendió que la escuchaba

-Pues eso vamos a hacer nosotras. Nos iremos unos días como hace Vitoriano y volveremos después con nuestros padres y nuestro hermano

Piedad no entendía muy bien lo que su hermana la estaba contando, pero la quería con toda su alma. La niña se dirigió a tientas al armario de la habitación. Abrió con mucho cuidado la puerta y cogió sus dos viejos jerseys que había heredado de su hermana, sus pantalones y unas botas que no durarían mucho en abandonarla. Volvió a cerrar la puerta del armario con sumo cuidado y volvió a donde estaba su hermana.

Con el mismo susurro que había hablado antes se dirigió a Bernarda

-Aquí esta mi ropa y mis botas ¿Me puedo llevar a Tomasa?

Bernarda sonrió

-Si nos la llevaremos con nosotras.



La niña volvió a su cama y sacó a la vieja muñeca de entre las sabanas. La dio un beso y se la entregó a su hermana




8 de Abril de 2019.


CAPITULO TRES



Cuando Bernarda no oyó ruidos fuera de la habitación se bajo de su cama de nuevo con sumo cuidado y se acerco a la de su hermana Piedad que había vuelto a dormirse plácidamente.



Bernarda tocó el hombro de su hermana y con un susurró la despertó



-Piedad, es la hora de irnos. Vamos bájate de la cama y no hagas ruido.



Horas antes las dos hermanas habían cambiado sus pijamas por la ropa que llevarían en su marcha con lo que sólo tenían que ponerse sus botas y sus viejos abrigos. Cuando estuvieron listas Bernarda abrió la ventana de su habitación


-Tenemos que saltar por la ventana Piedad. No podemos salir por la puerta porque nuestros padres o Isaac, que ya está dormido en el sofá del salón, nos podrían oír- La pequeña asintió. Bernarda la regaló una sonrisa que Piedad pudo vislumbrar gracias a la tenue luz de la luna que entraba por la ventana abierta.

Primero fue Piedad la que saltó. No la costó mucho ya que la ventana estaba relativamente cercana al suelo apenas un metro y medio. Una vez en el suelo Bernarda dejo caer la pequeña maleta a las manos de su hermana y finalmente saltó ella. Así las dos hermanas, cogidas de la mano, se alejaron del que había sido su hogar hasta esa noche.

Cruzaron el pueblo sin cruzarse con nadie, lo que Bernarda agradeció. A esas horas los pocos vecinos que tenía el pueblo estaban todos metidos en sus casas durmiendo. Por los tejados de las viviendas salía el humo de las chimeneas que los habitantes atizaban ya que fuera nevaba con ganas.

-¿A dónde vamos a ir Bernarda?

-Todavía no lo sé Piedad, pero lo que si tengo claro es que tenemos que ir donde nadie nos conozca

Piedad miró con tristeza a su hermana

-¿No vamos a volver nunca a ver a papá y a mamá?¿No vamos a volver a ver a Isaac?¿Y a la abuela?

Bernarda se aguantó las ganas de llorar y miró a su hermana sin dejar de caminar. Intentó parecer fuerte y dar a la niña la explicación a la que tenía derecho desde que habían salido de su casa

-Si. Volveremos Piedad, pero pasara un tiempo hasta que podamos hacerlo y cuando ese día llegue seremos mujeres no niñas. Ese día traeremos tanto dinero que nuestros padres no pasaran más penurias e Isaac no tendrá que cuidar más las vacas del tío Vitoriano
Piedad no entendía muy bien lo que su hermana le estaba diciendo y tampoco entendía por qué tenían que volver al pueblo cargadas de dinero ni por qué iban a tardar tanto en regresar, pero no quiso preguntar más. Admiraba a su hermana y todo lo que ella hacia o decía era palabra sagrada para la pequeña.

Siguieron andando durante varias horas en silencio. Pronto empezaría a amanecer y el camino sería más fácil. Bernarda no había planificado ninguna ruta en concreto que seguir ni tampoco tenia claro cual seria su destino final entre otras cosas porque no había entrado en sus planes llevarse a su hermana consigo. 

En un primer momento había pensado que se podría quedar en Santander pero esa idea casi la había desterrado en el mismo momento que lo había pensado ya que su tío Leandro iba y venia a esa ciudad en un par de ocasiones en el año y como Bernarda no creía que la suerte estuviera a su favor temía que la pudiera encontrar, con lo que necesitaban otro sitio donde irse a vivir más lejano y del que nunca hubiera oído hablar porque si su tío no lo había nombrado es porque no lo conocía y eso era lo que necesitaban las dos hermanas
Llevaban andando mas de tres horas cuando Piedad se echó a llorar. Bernarda paro la marcha y miró con ternura a su hermana

-No puedo andar mas Bernarda. Me duelen los pies y las botas están llenas de agua

-¿Cómo que están llenas de agua?.

Bernarda examino las botas de su hermana y comprobó que tenían las suelas rotas. Las dos botas estaban para tirar, si seguían andando con esa nieve su hermana acabaría cayendo enferma. Miro a su alrededor buscando un sitio donde poder refugiarse de la nieve por un tiempo donde descansar por unas horas y ver luego como seguían el camino. Miro a su alrededor y a lo lejos diviso una especia de finca con un pequeño horreo.

-Piedad tenemos que andar un poco más. Sólo unos metros. ¿Ves ese horreo de allí?- la pequeña asintió- Bien, pues tenemos que ir hasta allí. Ahí descansaremos y comeremos algo de lo que metí en la maleta



Las dos niñas anduvieron la poca distancia que las separaba de su destino








10 de Abril de 2019.



CAPITULO CUATRO

Bernarda miraba pensativa desde la pequeña puerta del horreo a los Picos De Europa. Recordó en ese momento la primera vez que su padre la llevo hasta ellos para que ella viera la grandiosidad del macizo. A bernarda la hubiera gustado poder subir a la cima y poder ver desde allí su tierra. La Liebana. Le hubiera gustado sentirse grande aunque solo hubiera sido por un instante pero…eso era imposible. Ella estuvo un rato observando como bajaban los materiales por el cable que había.



-Podían hacer un cable para nosotros papá y así poder subir hasta arriba cuando quisiéramos.



Ante tal propuesta el padre de Bernarda se había echado a reír.


-¿Un cable para llevar personas allí arriba? Eso es imposible Bernarda. Nadie está tan loco como para hacer eso.

-Pero ya se transportan minerales.

-Si. De un pueblo a otro, pero los minerales no son personas – su padre la revolvió el perlo y la dio un beso- Será mejor que volvamos a la casa. Tu madre pronto dará a luz a Piedad y no me gusta dejarla mucho tiempo sola

-¿ Qué vamos a comer?- la pregunta de su hermana hizo que Bernarda abandonara sus pensamientos

Bernarda se dirigió a donde habían dejado la maleta y sacó un trozo de pan y un poco de queso. Se lo alcanzó a su hermana

-Come un poco pequeña. Ahora me voy a ir pero no tienes que tener miedo antes de que la noche llegue yo estaré de vuelta

Piedad la abrazó sin querer soltarla

-Estate tranquila, voy a Vega a comprarte unas botas, así no puedes dar ni un paso más y también voy a comprar algo de comer

-Pero alguien puede venir ¿ qué le diré?

-Aquí no va a venir nadie Piedad. Este horreo está abandonado. Aquí hace mucho que no se preocupan de como este todo esto. Iré a comprar y volveré lo más rápido posible. Dormiremos hoy aquí. Mañana partiremos de nuevo. No salgas del horreo. Procura que no te vea nadie

La niña comenzó a llorar. Bernarda la sentó en sus rodillas

-No va a pasar nada. ¿Cuándo te he mentido yo?

La pequeña se secó las lágrimas

-Nunca, pero no quiero quedarme sola ¿y si te pasa algo? ¿y si te hacen daño como me hizo a mi un día el tío Leandro?

Bernarda miró a su hermana fijamente

-¿Cuándo te hizo daño el tío?

La niña se encogió de hombros

-Hace unos días, cuando me mando madre ir a recoger de casa de la abuela las nueces que tenía preparadas para nosotros

-¿Y el tío te pegó? -Quiso saber Bernarda sin que su temor se notara en su voz

La niña negó con la cabeza

-No. Me levantó la falda porque me dijo que tenía una herida, pero yo no tenía nada y me agarró la pierna muy fuerte. Entonces entró la abuela a la casuca y me soltó

-¿Y no se lo dijiste a la abuela?¿No la dijiste que te estaba haciendo daño el tío?

Piedad volvió a negar con la cabeza.

-No. El tío me hizo un gesto para que me callara y me dio miedo que me pegara si decía algo a la abuela.

Bernarda abrazó con todas sus fuerzas a su hermana. En ese momento comprendió que la decisión de llevarse a su hermana en su fuga era lo mejor que podía haber hecho. Si hubiera llegado a abusar de la niña, Piedad nunca habría dicho nada y hubiera pasado por lo mismo que estaba ella pasando. Ahora Bernarda lo sabía con total certeza.

-El tío ya está lejos y no te volverá a tocar ni a hacer daño. Te lo prometo.

Minutos después Bernarda se despedía de su hermana. Echo a andar entre las montañas con la mayor rapidez que sus piernas la permitían y con la cara de su tío en su memoria. La rabia la guiaba su camino. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba en Vega, lo que tenía que hacer no la llevaría mas de diez minutos. Cuanto que descansara un poco volvería de nuevo al horreo con las pequeñas botas de su hermana. Compraría también unos sobaos y un poco de leche. Con eso tendrían suficiente para pasar la noche.

12 de Abril de 2019.

CAPITULO CINCO


Bernarda iba tan emocionada con las compras que había hecho que no se fijaba bien por donde iba andando. Empezaba a anochecer y se sentía muy agotada. Si no hubiera sido porque Piedad estaba sola en el horreo no le hubiera importado quedarse dormida en el portal de la iglesia pero por ella. Por su hermana, tenía que seguir adelante. Se ajustó bien su abrigo y siguió caminando lo más de prisa que le daban sus piernas.



Decidió seguir el mismo camino que había traído para llegar al pueblo.  De pronto notó como su pierna derecha se deslizaba y caía sin poder evitar el golpe. Bernarda cayó con la pierna doblada. Un dolor la hizo estremecerse. Intentó ponerse en pie pero no podía.



Bernarda se echó a llorar. La noche iba cayendo y ella sabía que no iba a poder llegar a Piedad. Cuanto que su cuerpo se enfriara no sería capaz de dar ni un paso. Miró a su alrededor. Por desgracia para ella ya había abandonado el pueblo y estaba en mitad de un prado. Nadie pasaría por ahí. No de noche. Quizás por el día algún campesino o ganadero pasaría por el camino, pero a esas horas era casi imposible que alguien la viera. Bernarda pensó en Piedad. La había prometido que antes de que cayera la noche estaría con ella. La había prometido que la abrazaría y dormiría con ella. La había prometido que la llevaría sus botas nuevas y comida. Ahora las dos estaban solas y separadas. Bernarda pudo sentir el dolor de su hermana dentro de ella. Sin duda Piedad estaría asustada. Ella la había prometido que nada malo le iba a pasar y ahora la había fallado. Si no podía cuidar de su hermana ¿cómo iba a ser capaz de cuidar de su hijo? De ese hijo que llevaba dentro.



Dicen que todos los niños tienen un ángel de la guarda que cuida de ellos. Bernarda pensó en su abuela – Ayudame abuela. No nos abandones- Bernarda siguió llorando y de esa forma el cansancio, el miedo y el abandono que la niña sentía hicieron que se fuera abandonando a un sueño profundo. Se quedó dormida encima de la placa de hielo. Esa placa de hielo que la había hecho caer.



De pronto notó como su cuerpo se elevaba del suelo. La niña abrió los ojos. Divisó una silueta, pero era imposible ver quien la estaba levantando del suelo y tampoco sabía a donde la llevaba la figura.



-¿Eres un ángel? Quiso saber la niña.



-¿Un ángel?- la voz dulce de una mujer la tranquilizó – No, pequeña. Soy de todo lo que puedas imaginar menos un ángel. No te asustes. No te voy a hacer daño, pero no puedes quedarte toda la noche aquí o te morirás de frío. No sé quién eres ni por qué estas sola en mitad del campo. Dime donde están tus padres y te llevaré a casa.


Bernarda no sabía que decir. Estaba en brazos de una extraña que nada sabía de su vida, pero lo que si sabía con certeza es que no podía volver a su casa y tampoco dejar abandonada a Piedad. Bernarda no sabía si podía confiar en esa persona. No sabía si la contaba la verdad acabaría en el cuartelillo o la dejaría tirada donde la había encontrado, pero no tenía otro camino. Tenía que hablar y pedirla que fuera a por Piedad. Decidió contarle a aquella extraña parte de su vida. Bernarda pensaba que, aunque la pasara algo malo no sería peor de todo lo que ya había vivido.

-No puedo volver a mi casa ni yo ni mi hermana.

La mujer, que llevaba a Bernarda en brazos, detuvo su camino.

-¿Tú hermana? No la he visto ¿Estaba contigo?

La niña negó con la cabeza. La desconocida la volvió a dejar en el suelo y se puso de rodillas frente a ella.

-Pequeña si no me cuentas donde está tu hermana y que es lo que te pasa no te podré ayudar ni a ti ni a ella. ¿entiendes lo que te estoy diciendo?

Bernarda asintió. Se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas y comenzó a hablar.

-Mi hermana está en un horreo abandonado a pocos kilómetros de aquí. La dejé allí para acercarme yo al pueblo y comprar algo de comida y unas botas para ella porque las suyas estaban rotas y se calaban, pero al volver me resbalé. Intenté ponerme en pie pero no pude y ahora ella está sola y yo no puedo hacer nada para ir a por ella. Me he roto la pierna.

La mujer la miró con cierta desconfianza. No sabía si la niña decía la verdad o simplemente era una granujilla que se quería aprovechar de ella.

-La pierna no la tienes rota. Es el tobillo lo que tienes mal. Lo tienes dislocado. Eso con unos días de reposo y unos cuidados caseros se pondrá bien. Tu madre podrá cuidarte como hacen las madres, con mucho cariño.

-No podemos volver a casa. Mi madre nos estará buscando, pero no podemos volver.

Las palabras de la pequeña parecían sinceras. Dominga quiso creer a esa niña que tenía delante. Era una mujer dura y calificada por muchos por extraña incluso huraña. Si era así no había sido una decisión suya. La vida la había puesto muchas trabas. Nadie se lo había puesto fácil. En ese momento Dominga se vio reflejada en los ojos de esa niña que tenía delante.

-Está bien. Vamos a empezar de nuevo. Me llamo Dominga. ¿ Cuál es tu nombre?

-Bernada.

La mujer asintió en muestra de aprobación – y tu hermana ¿ me dices su nombre?

-Piedad.

-¿ Cuantos años tienes Bernarda?

-Acabo de cumplir catorce y mi hermana en junio cumplirá los once.

-Bien. Te diré lo que vamos a hacer. Te voy a llevar a mi casa y después iré a buscar a tu hermana. Espero que esto no sea ninguna triquiñuela ni que tu seas una ladronzuela. Porque si es así y me estás tomando el pelo por alguna razón que desconozco. Mañana mismo te llevaré delante de la guardia civil. ¿He sido clara contigo?.

-Si- dijo Bernarda con un tono de voz lleno de esperanza.

-Entonces vamos a mi casa ¿Ves ese caballo que está a pocos metros de nosotras?

Bernarda asintió.


Él nos llevará a casa. Esta noche tu hermana y tu dormiréis en una cama y no pasaréis frío. Mañana ya veré que hago con vosotras dos.


15 de Abril de 2019.





CAPITULO SEIS.

Dominga decidió dejar a Bernarda en su casa e ir a por Piedad. Según las indicaciones que le había dado la niña la mujer tenía una idea bastante clara de donde se encontraba la pequeña. Esa era su tierra, donde había nacido y se había criado, el Horrero del que hablaba Bernarda era el único que había por la zona. Los demás habían ido desapareciendo a lo largo de los años con lo que no era difícil encontrarlo. Otra cosa diferente era que la niña se quisiera ir con ella, pero el tobillo de Bernarda necesitaba descanso, por otra parte, había empezado a nevar de nuevo. Lo más sensato es que la niña esperara a Dominga y a su hermana en la casa bajo la vigilancia del viejo Ladislao.



Cuando Bernarda entró en la casa de Dominga pensó que estaba soñando. Lo que veía sólo lo había imaginado en su mente cuando oía la radio de la tía Sebastiana que era la única que tenía un cacharro de ese tipo en el pueblo. Dominga la llevo en brazos al salón de la casa y la tumbo en el sofá principal.



-Estate tranquila. Ladislao vendrá en un momento con un tazón de caldo caliente para que te lo tomes. Antes de que te des cuenta estaré de vuelta con tu hermana- Dominga la tapó con una pequeña manta y despareció de la estancia.



Bernarda, desde su asiento, echó un ojo a su alrededor. El salón donde estaba era casi más grande que toda la casuca donde se había criado. Las paredes estaban forradas por una librería de madera repleta de libros. Bernarda sabía leer y escribir, pero muy básicamente, muchos eran los días que no podía ir a la escuela por ayudar a su familia y el retraso que llevaba en sus conocimientos era algo más que notable. En la pared frontal a donde ella se encontraba una chimenea encendida hacía que en la habitación no se pasara frío. En el centro del salón una mesa de madera alargada con un gran centro de cristal lleno de flores secas llamo la atención de la niña. Del techo colgaba una gran lampara de cristal que se alumbraba con velas. Las ventanas eran de madera.  Los postigos estaban echados lo que hacia que el frio de la noche no entrara a la casa. En ese momento Bernarda se sintió más pequeña de lo que era realmente.

La puerta del salón se abrió en ese instante. Un hombre mayor, casi de la edad de su abuela, se dirigió hacía ella con una bandeja en las manos.



-Toma pequeña. Tomate este caldo, hará que entres en calor y te sientas mejor.
Las palabras de aquel viejo hicieron que Bernarda se sintiera segura, aunque le acaba de conocer la hablaba con tanto cariño que desde ese momento Bernarda entendió que le querría durante toda su vida
El hombre se disponía a abandonar la habitación cuando Bernarda le hablo

-No te vayas. No quiero estar sola.

Él la sonrió y se sentó a los pies de la niña

-¿Me quieres contar cómo has llegado hasta aquí?

La niña guardo silencio

-Ya veo que no quieres hablar, pero si no hablas yo no se que te ocurre y ni yo ni Dominga te podremos ayudar ni a ti ni a tu hermana ¿o es que has mentido a mi hija?

-Yo no he mentido a nadie. Tuvimos que dejar nuestra casuca porque allí no estábamos seguras ninguna de las dos

Ladislao comprendió que la niña estaba diciendo la verdad, comprendió también que necesitaría su tiempo para abrirse y explicar en que lío estaban metidas. Decidió cambiar de tema. Si no daban confianza a las dos pequeñas jamás sabrían como las podían ayudar. Ladislao ya había sufrido mucho en su vida. Las muertes de su mujer y sus dos otros hijos le habían hecho ver la vida de una forma completamente distinta a como la veía en sus años mozos. La guerra, el hambre y las enfermedades habían marcado sus últimos años, en Bernarda había vuelto a ver la inocencia que una vez tuvo su hija Dominga, sus ojos buscaban ayuda, pero a la vez tenían esperanza. Ellos la podían ayudar, tenían recursos económicos suficientes para hacer que esas dos pequeñas tuvieran un futuro a su lado, otra cosa era la decisión que tomara su hija, pero al fin y al cabo esa era su casa y él tenía la ultima palabra sobre todo ese asunto. Dominga había sido siempre una niña difícil. Con mucho carácter y a la que no la gustaban las normas pero tenía buen corazón, por eso él sabía que después de hablar con ella esas niñas se quedarían en la casa. De pronto una voz infantil hizo que el viejo Ladislao saliera de sus pensamientos. Una niña, más pequeña que la que tenía delante de él, corría a abrazar a su hermana.

Ladislao se levantó de su asiento y fue al encuentro de su hija que había permanecido quieta apoyada en el quicio de la puerta. La cogió del brazo y la sacó fuera de la habitación, a continuación cerro la puerta con sumo cuidado.

-Déjalas unos minutos solas. Esta noche dormirán en la habitación de tus hermanos ya puse sabanas limpias, mañana decidiremos que hacemos con ellas

-¿Estamos en un lio padre?

El viejo sonrió y mirando con cariño a su hija la contesto

-El día que tú no te metas en un lío y me arrastres contigo será un día extraño para mí. Hasta en la hora de nacer fuiste distinta. Todos te daban por muerta porque traías dos vueltas de cordón al cuello, pero luchaste con todas tus fuerzas y mírate treinta y seis años después aquí sigues y eso haremos con esas dos pequeñas. Lucharemos por ella, Bernarda no nos ha mentido, lo puedo ver en sus ojos y créeme dos niñas que huyen con este tiempo y en esta época no lo hacen por capricho

Dominga abrazó a su padre. Una lágrima rodó por su mejilla y el recuerdo de su madre muerta, hacia unos años, la entristeció el corazón. Sin duda si ella estuviera allí sabría que hacer con esas dos pequeñas que se abrazaban detrás de esa puerta que acababan de cerrar.




26 de Abril de 2019.




CAPITULO SIETE

Bernarda y Piedad durmieron hasta bien entrado el día, cuando se despertaron las dos hermanas se quedaron en la habitación sin atreverse a moverse hasta que no entrara alguien buscándolas.



Estaban las dos sentadas encima de una de las dos camas cuando Dominga y Ladislao entraron en el cuarto.

-¿Habéis dormido bien? Quiso saber Dominga.



Las dos niñas asintieron al unísono.



-Está bien, ya va siendo hora de que nos contéis toda la verdad o no nos quedará más remedio que avisar a la guardia civil y dejar que os vuelvan a llevar a vuestra casa- Sentenció Ladislao- Por nada del mundo el viejo cántabro quería que las niñas se fueran de su casa pero comprendía que si las niñas habían marchado era por alguna causa que les podía acarrear muchos problemas, eso…o había sido una chiquillada sin más, pero al ver, la noche anterior, la mirada de Bernarda le había hecho pensar que tenía un problema y no pequeño.



Las dos niñas se miraron una a la otra, Bernarda supo que era ese el momento de decir la verdad o volverían con su tío.


-Nos marchamos de nuestra casuca porque nuestro tío es malo con nosotras. En casa nadie sabe lo que él hace pero cuando nos quedamos a solas con él mi hermana o yo…-Bernarda no pudo seguir hablando. Un nudo en la garganta la impedía seguir hablando. Sus ojos se fijaron en el suelo. Se sentía avergonzada de todo lo que había pasado. En ese instante se acordó que estaba en cinta y el rubor le llegó a las mejillas.

Dominga se acercó a ella. Con un tono lleno de dulzura decidió interrogar a la pequeña.

-¿Qué es lo que os hace vuestro tío  cuando estáis a solas con él?

-Hacemos cosas de mayores que no están bien y a mi hermana le ha tocado varias veces.

Dominga y su padre entendieron perfectamente a lo que Bernarda se estaba refiriendo.

-¿Algo más que nos quieras contar?

-Estoy esperando un niño

Ladislao se echó las manos a la cabeza. Se levantó de la silla donde había permanecido sentando durante todo el tiempo que habían estado hablando y comenzó a caminar nervioso por el cuarto.

-Esto es más de lo que había imaginado. Tal y como yo lo veo tenemos dos caminos que escoger. Si decidimos no ayudaros, una de dos, o bien os vais por donde llegasteis anoche o bien os entregamos a la guardia civil y nosotros nos quitamos de en medio, ya ellos sabrán que hacer con vosotras- Según iba hablando, Ladislao no perdía de vista la reacción tanto de las dos hermanas como de su propia hija a las palabras que iba pronunciando - Por otra parte podemos ayudaros pero si decidimos hacerlo no nos podremos quedar aquí. Vuestro pueblo no está muy lejos de esta casa. Aunque os parezca que habéis andando mucho en el día de ayer no habéis hecho más de cinco kilómetros, con lo que es cuestión de tiempo que vuestra familia se presente en este pueblo haciendo preguntas sobre vosotras, por otra parte, sois menores de edad y si alguien nos ve con vosotras podrían acusarnos de secuestro o algo peor. No hay que olvidar que Bernarda está embarazada y ese aspecto también juega en contra nuestra.
Las dos niñas miraban a Ladislao y a Dominga temiendo que las echaran a la calle. Piedad estaba contenta en su interior. Su hermana iba a tener un bebé y a ella le gustaban mucho los bebés. Su tierna edad no le hacía alcanzar la magnitud del problema que tenían entre manos ni tampoco el giro que podría dar sus vidas dependiendo de la decisión que tomaran las dos personas adultas que estaban delante de ellas.

-Yo quiero estar con ellas- Sentenció Dominga.

-No es tan fácil, hay muchos aspectos burocráticos que tendremos que salvar si nos quedamos con ellas. Tendremos que mentir e invertir mucho dinero en su educación y en su manutención sin tener en cuenta que dentro de unos meses no serán dos personas más las que vivirán en nuestra casa si no tres.

-Te recuerdo papá que no hace tanto tiempo éramos cinco personas viviendo en familia. No es algo nuevo nada de lo que estás hablando.

Ladislao miró por la ventana de la habitación. Fuera seguía nevando. El tiempo no les ayudaría en su huida si decidían quedarse con las dos pequeñas.





06 de Abril de 2019


CAPITULO OCHO

Habían dejado a las dos niñas en la habitación. Dominga y Ladislao estaban en la cocina preparando la comida.

-Tenemos que tomar una decisión rápido. El tiempo se nos echa encima.

-Lo sé hija, pero no sé como afrontar todo este tema.

-Desde que murieron mis hermanos y mamá dime cuantas veces has deseado volver a ser una familia.

-Nosotros ya somos una familia Dominga.

-No papá. No lo somos. Nos hemos hecho a vivir juntos con nuestros miedos y nuestros fantasmas cada uno metido en su mundo intentando no molestar excesivamente al otro, pero eso dista mucho de ser una familia. Sabes que tú puedes hacer venir al mundo al pequeño que trae Bernarda y yo puedo darles clases hasta que puedan ir a un colegio. En el desván hay ropa de cuando era pequeña que les podremos dejar, por lo menos para ir tirando durante un tiempo.

-Si nos quedamos con ellas serán como tus hermanas y tendrán las mismas oportunidades que tú tuviste en tu infancia, educación, ropas y todo lo que una persona pueda necesitar.

-¿Eso es un si?- Dominga estaba pletórica. Su vida se había quedado congelada en el momento que había perdido a sus hermanos y su madre. Su vida carecía de interés y en más de una ocasión había pensado en unirse a ellos si no lo había hecho era por su padre la soledad le hubiera matado, pero ahora dos niñas salidas de la nada podían hacer que su vida y la de su padre cambiarán para mejor.

-Está bien. Que Dios nos perdone si estamos haciendo algo mal o si hacemos daño a una familia que no se lo merece, pero conociendo la historia de las dos pequeñas que tenemos alojadas este momento dejarlas a su suerte seria una muerte anunciada. Vete a buscar a Eloisa. Cuéntala todo lo que ha pasado. Conociéndola como la conozco no creo que se niegue a acompañarnos. Saldremos esta noche de viaje. Nos llevaremos lo imprescindible. No tiene que parecer que huimos de nada ni de nadie tiene que parecer que nos marchamos unos días como solemos hacer.

-¿ A dónde iremos?

-¿Te acuerdas de la casa de la tía Iranda?

-¿La tía de mamá?

Ladislao asintió – Cuando Iranda falleció la única heredera era tu madre y todos sus bienes fueron a parar a ella, pero vosotros eráis pequeños y no nos planteamos utilizar su casa para ningún fin, después con el paso de los años no hicimos nada por ir allí pero ahora necesitamos esa casa y tú eres la dueña de ella ya que al fallecer tu madre y hermanos eres tú la que tienes todo el derecho. Es el único sitio que se me ocurre donde poder ir ya que nadie nos conoce y nadie hará preguntas.

-Pero la Tía Irlanda hace más de veinte años que falleció esa casa tiene que estar como mínimo hundida.

-Te confundes. Tu madre no quería que la herencia de su tía se perdiera. Decidió entonces tener a una persona de confianza que se hiciera cargo del mantenimiento de la vivienda. Tu madre albergaba la esperanza de podernos ir allí cuando los dos fuéramos mayores pero…la vida se encargó de que eso no pasara. Créeme es el único sitio seguro donde podemos ir.


-Está bien subiré a decirles a las niñas que nos vamos esta noche a Burgos.



CAPITULO NUEVE.



03-noviembre-1979



Hacia ya casi veintisiete años que Bernarda, Piedad, Ladislao, Dominga y Eloisa, habían abandonado sus vidas para emprender una nueva , todos juntos, en la ciudad de Burgos.



Sentada en el corredor de su casa, con una taza de café en la mano y mirando el gran macizo que tenía en frente y que llevaba siendo lo primero que veía cada mañana cuando se despertaba desde hacia mas de seis años, Bernarda comenzó a recordar.



Realmente no estaba tan lejos de lo que era su familia, sus padres y hermano, su abuela daba por sentado que ya no viviría, apenas les separaban cuarenta kilómetros, Bernarda sabía que la fecha estaba cerca, esa fecha que se había marcado en su mente la misma noche que salió de su pueblo siendo una niña sujetando de la mano a su hermana Piedad.



El tiempo había pasado rápido, Ladislao y Dominga les habían dado todo el cariño posible y todas las posibilidades económicas que tenían a su alcance, gracias a ellos tanto Bernarda como Piedad se habían labrado un futuro, las dos habían optado por la rama de la medicina y ahora vivían tranquilas en un pequeño pueblo de los picos de Europa, en la provincia de León,justo a la espalda del pueblo natal de las dos hermanas.


Los comienzos en la ciudad de Burgos habían sido duros, Ladislao y Dominga tuvieron que empezar de cero y dejar atrás toda una vida por ayudar a dos niñas que no conocían de nada, pero que comenzaron a querer desde el primer momento en que pusieron los pies en su casa. Ladislao era hombre de recursos, había sido durante años alcalde y su profesión era la de maestro, moviendo hilos de un lado y de otro, soltando dinero a unos y a otros, en unos años logró que las dos hermanas figuraran en todos los registros como hijas de Dominga, convirtiéndose él en abuelo de las dos pequeñas. Esperaron a que Bernarda diera a luz para que fuera al colegio, nadie en la ciudad de Burgos la vio embarazada con lo que el niño que tuvo también pasó a ser hijo de Dominga, así hicieron una historia creíble y de la cual se encargaron de pregonar por toda la ciudad. Dominga era una joven viuda, con dos niñas a su cargo y otro más que venía en camino,por aquellos años la gente no hacia muchas preguntas, la gran mayoría de la población estaba más preocupada en quitarse el hambre y en encontrar un trabajo que en la vida de nadie, de esa forma se instalaron en Burgos. Dominga era una mujer inteligente y muy bondadosa que realmente cuido y amo a las dos pequeñas como si hubieran salido de su vientre y a Dimas, el hijo de Bernarda, igual.

Era una familia que podía pasar desapercibida facilmente, la viuda joven se marcha de su localidad natal para empezar una nueva vida junto con su padre, viudo también, sus hijos y una joven que les ayudaba en la casa y en el cuidado de los pequeños.

Al año de estar instalados en la ciudad, el local de debajo de la casa se quedo libre y Dominga vio en él una oportunidad de negocio, de esa forma abrió una pequeña panadería, que con el paso de los años, empezó a ser de las mas conocidas de la ciudad y de la que hizo, con el tiempo y con la alocada mente de Dimas, una confitería donde igual se podía tomar un café, que comprar unos pasteles o una barra de pan que escuchar tocar a Dimas el piano.

Bernarda estaba orgullosa de lo que habían conseguido, las dos hermanas habían estudiado farmacia, con la ayuda de Ladislao habían podido poner una botica en el pequeño pueblo donde se encontraban, la elección no había sido por azar, Bernarda quería estar cerca de su pueblo natal, pero no en exceso, necesitaba tener distancia para poder actuar, necesitaba un sitio donde nadie la vinculara, Piedad sabía las intenciones que tenía su hermana desde hacia años, Bernarda no la quería inmiscuir en su decisión, pero había sido algo inevitable, las dos hermanas estaban tan unidas que parecían una, Piedad no dudo ni un instante en seguir a su hermana cuando abandonaron Burgos y tampoco la abandonaría en lo que quería hacer. Dimas era un tema aparte, Bernarda le quería con toda su alma, le había dado todo el cariño que a ella le había faltado, con el tiempo Dimas conoció la historia de su madre y de su tía, cuando tuvo edad suficiente quiso ir a buscar a su padre y poner las cartas sobre la mesa, tuvo que ser Bernarda la que hablara con él y hacerle entrar en razón. La decisión estaba tomada Dimas no haría nada que le pudiera traer problemas, serían Bernarda y Piedad las que ejecutarían el plan. Dimas tenía un talento innato para la música, había empezado a tocar el piano casi como un juego cuando apenas era un niño, con el paso del tiempo se estaba convirtiendo en un músico muy conocido en Burgos y sus alrededores, aquella mañana había llamado a su madre eufórico para decirla que ya tenía su banda de jazz montada y que pronto empezaría a componer, Ladislao repetía una y otra vez que la música no era un porvenir y que acabaría muriéndose de hambre, como Dimas no quería herir al viejo Ladislao porque le quería como si fuera su verdadero abuelo, había llegado a un acuerdo con él, trabajaría en la confiteria de Dominga por las mañanas y dos o tres noches a la semana tocaría en el local, de esa forma ayudaría en el negocio familiar y el viejo se quedaría tranquilo, en ese momento Dimas tocaba practicamente todas las noches en el local, la gente lo pedía y él estaba encantado, Dominga estaba orgullosa de ese muchacho al que había criado como hijo suyo al igual que había hecho con las dos hermanas.

Bernarda pensó entonces en Eloisa, la pobre muchacha los había acompañado en su mudanza a Burgos y había estado con ellos los primeros años, era una buena mujer que quería a la familia como propia, la muerte fue a buscarla demasiado pronto, apenas había cumplido los treinta cuando la tuvieron que despedir.

Bernarda tuvo que reprimir sus lágrimas , es verdad que ahora vivía con cierta tranquilidad y económicamente no podía quejarse,tanto ella como su hermana eran personas respetables y queridas en el pueblo, cada vez que iban a Burgos se sentían de la misma forma tratadas, pero eso no hacía que ella se sintiera mejor, había sufrido mucho durante mucho tiempo, cuando Dimas era pequeño ella se sentía sucia pensaba que siempre había podido hacer más para que su tío no hubiera llegado a abusar de ella, le costó mucho tiempo asimilar que ella no era el verdugo si no la víctima.

Un suave carraspeo hizo que abandonara sus recuerdos. Bernarda sonrió al ver el rostro de Ladislao.

-¿No vas para la farmacia?

Bernarda negó con la cabeza.

-Hoy no. Está Piedad y recuerda que es sábado, en un par de horas cerrará la botica hasta el lunes.

Ladislao se echó a reír.

-Sigues igual de ingenua que cuando eras niña, cuanto que alguno de todos estos paisanos se sientan mal, tocaran la puerta en busca de algún remedio.

Bernarda se levantó de su silla y se dirigió hacia el viejo, con sus dos manos le cogió la cara como si de un niño pequeño se tratara y le dio un beso en la frente.

- Y tú ¿qué es lo que necesitas padre?

-Necesito verte vivir antes de morirme. Tienes que abandonar la idea de ir en busca de tu tío. Lo que pasó, lo que te hizo, ocurrió hace ya muchos años, no merece la pena seguir ese camino, ves a ver a tus padres y hermano pero abandona la idea de que tu tío pague por lo que hizo.

-Me hizo abandonar a mi familia, me hizo que arrastrara a mi hermana conmigo, el destino fue muy bondadoso con nosotras e hizo que Dominga nos encontrara y que pudieramos formar una familia a vuestro lado , pero eso no borra sus actos, no borra nuestro dolor, mis noches en vela, mis pesadillas, mi sentimiento de culpabilidad, mi inseguridad, mi temor a los hombres, el no poder volver a rehacer mi vida al lado de ninguno de todos los que he conocido- Bernarda bajó la mirada hacia el suelo por unos instantes, volvió a levantar su cabeza y fijo sus ojos en los de Ladislao- Me hizo una desgraciada para el resto de mi vida.


CAPITULO DECIMO.

04-Noviembre-1979

Eran las cinco de la mañana cuando Bernarda se preparaba para darse una ducha rápida y salir de su casa en busca de parte de su pasado. No había querido decir nada ni a su hermana ni a su padre. Este primer viaje a su pueblo natal quería hacerlo sola. Quería enfrentarse sola a sus recuerdos y a sus miedos. Al igual que hacía veintisiete años, no tenía trazado un plan sobre lo que hacer, a diferencia de la otra vez lo único que tenía claro era su destino.

Secándose con la toalla el pelo, miro con detenimiento a la imagen que se reflejaba en el espejo, por suerte para ella si alguien se la cruzaba no creía que la reconociese, Bernarda, a diferencia de cuando era niña, se había convertido en una mujer alta y esbelta que apenas pasaba de los cincuenta kilos. Si la hubiera podido ver su abuela diría de ella que era un saco de huesos. Su melena negra azabache seguía teniendo el mismo tono y la misma espesura que cuando era una niña con esos rizos revoltosos que la costaba un milagro domar, sin embargo, la longitud había ido mermando según Bernarda cumplía años, ahora el pelo le llegaba justo por los hombros. Sus ojos si que seguían siendo los mismos, los mismos ojos vivos que tenía de niña, los mismos que no podían disimular una alegría o una tristeza, Bernarda cogió entonces un pequeño estuche que tenía a su lado y lo abrió casi hasta divertida, cogió las lentillas de color azul y se las colocó con cuidado, con sus ojos azules su rostro era completamente distinto y la expresión de su cara también, que era la finalidad que ella buscaba.

Se fue directa a su cuarto y se puso un viejo jersey color morado y unos tejanos color negro, se sentó en la vieja silla de mimbre, que había comprado hacia ya años en un mercadillo de antigüedades, y se dispuso a calzarse las botas de montaña que era su calzado habitual desde hacía ya mucho tiempo. Descolgó del perchero de detrás de la puerta su cazadora plumas y se la abrocho en un rápido gesto subiéndose la cremallera, cogió de encima de su cama la mochila que había preparado el día anterior y abandonó la habitación procurando hacer el menor ruido posible, con los suelos de madera que tenía toda la casa el objetivo era algo complicado.

Al bajar a la planta de abajo, pegó un post-it en la puerta de la nevera como hacía cada domingo que salía a hacer alguna ruta por los alrededores o simplemente salía a pasear a Zorba, la pastora alemana que formaba parte de la familia desde hacía más de nueve años, en principio fue un regalo para Dimas, pero cuando decidieron venirse a vivir a los Picos de Europa todos estuvieron de acuerdo en que la mejor opción para el animal es que viviera en plena naturaleza y no en una ciudad.

Se subió al Nissan Patrol, que era el vehículo de toda la familia e intentó arrancarlo a la primera, el viejo automóvil se resistió, Bernarda volvió a intentarlo con el mismo resultado, contó hasta diez y lanzó un suspiro al aire, volvió a meter la llave en el contacto y giró con fuerza, en ese momento el cuatro por cuatro produjo un sonido inconfundible y arrancó, Bernarda dibujó en su rostro una sonrisa de satisfacción, Piedad le había sugerido, más veces de las que a ella le hubiera gustado que había que cambiar de coche en breve, pero Bernarda se resistía a deshacerse del viejo japonés.

Faltaban unas dos horas para que amaneciera cuando Bernarda se puso en camino y tomó la carretera, apenas ochenta kilómetros la separaban de su destino, según iba acercándose y los kilómetros iban siendo menos, un nudo en la garganta se apoderó de ella, no pudo reprimir las lágrimas que se le escapaban de sus ojos y los recuerdos se le agolparon en su mente, comenzó a reconocer olores, olores que hacía años había olvidado, reconoció la figura de las montañas recortadas en el cielo, hasta reconoció el silencio, ese silencio tan característico de su tierra. Bernarda paró el coche en un acceso a uno de los muchos miradores que había en la zona. Se bajó de el y encendió un cigarrillo, al igual que hizo muchos años atrás se encomendó a su abuela. Échame una mano abuela, no me abandones, donde quieras que estés dame fuerza para no volver a subir a ese maldito coche y dar media vuelta. Aplastó la colilla con fuerza en el suelo y volvió a subirse al coche no sin antes quedarse en silencio por unos segundos e intentar relajarse y controlar sus sentimientos.

A los diez minutos Bernarda entraba a su pequeño pueblo por el mismo camino que lo había abandonado hacía veintisiete años.


CAPITULO DECIMO PRIMERO

Bernarda decidió dejar el coche en la entrada del pueblo y empezar a caminar por las calles que recordaba a la perfección de cuando las recorría de niña, poco había cambiado la pequeña localidad que la vio partir hacía ya mucho tiempo. Bernarda comprobó, con cierto mal estar, como algunas de las casucas que conocía cuando era una niña y en las que más de una vez había entrado junto con su madre o su abuela estaban prácticamente abandonadas. Muchos eran los paisanos que habían abandonado en años atrás la vida rural para marcharse a las grandes ciudades donde se presuponía que tendrían una vida más prospera, todo el mundo quería lo mejor para los suyos y todos los padres querían ofrecer a sus hijos unos estudios y todo aquello que ellos no habían podido tener.

Se paró frente a la Iglesia. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada, miró su reloj, no eran todavía las ocho de la mañana, sin duda el párroco no tenía tanta prisa en abrir el templo como ella en reencontrarse con su cristo, aquel que había limpiado más de cien veces durante sus años de infancia. Torció entonces hacia su izquierda y cogió el callejón donde recordaba que vivía Tío Cosme, al final del callejón recordaba también que estaba la tasca de Tío Jacinto, comprobó con sorpresa y alegría a la vez que había luz en el establecimiento, sin duda esa sería la prueba de fuego, si Bernarda entraba en la taberna y nadie la reconocía podía entonces andar tranquilamente por las calles del pueblo, recordaba que Jacinto no tendría más de treinta años cuando ella abandono su casuca, con lo que si no le había dado ningún ataque al corazón suponía que debía de seguir detrás de la barra. Muchas habían sido las tardes que Bernarda había ido a la pequeña tasca a buscar a su padre para que subiera a cenar y muchas habían sido las tardes que Jacinto le había obsequiado a la pequeña Bernarda con un vaso de Mirinda que ella se tomaba con gran gusto, al principio Jacinto no era más que un crio que ayudaba a su padre en la tasca, después y por  obligación al morir su padre no le había quedado otro camino al pobre muchacho que seguir con el único oficio que sabía hacer.

Bernarda empujó con suavidad la puerta y entró dentro del local, un hombre de unos sesenta años se la quedó mirando detrás de la barra. Bernarda reconoció esos ojos. Era Jacinto.

-¿Desea algo?

Bernarda tragó saliva y ofreció a Jacinto una de sus mejores sonrisas. No cabía duda Jacinto no la había reconocido.

-Me preguntaba si me podría tomar un café

Jacinto se secó las manos en un viejo trapo.

-Claro que puede, cierre bien la puerta que ya es vieja como el dueño y no suele cerrar a la primera.

Bernarda hizo lo que le pedía Jacinto para después sentarse en un taburete frente a la barra del bar.
                            
-No son muchos los que se acercan a esta zona en esta época del año y menos con el tiempo que está haciendo.

-Me gusta la zona y he decidido dar una vuelta por este pueblo y alguno más de alrededor que parecen preciosos, el paisaje sin duda es digno de admiración.

Jacinto asintió con la cabeza a las palabras de Bernarda.

-¿Son muchos vecinos?

-¿En el pueblo? - Jacinto negó con la cabeza mientras seguía hablando con Bernarda- Que va, hace años éramos más, pero ahora seremos unos cien vecinos y muchos de ellos superan ya los ochenta años con lo que si no viene gente joven pronto…- Jacinto volvió a negar con la cabeza- nos iremos quedando solos y este pueblo caerá en el olvido.
                  
-No sea usted tan pesimista, ya sabe lo que se suele decir por ahí, que Dios aprieta, pero no ahoga.

-Eso es cierto, pero a veces aprieta tan fuerte que parece que no vas a poder tragar ni saliva.

Bernarda asintió a las palabras de Jacinto

-Eso es verdad, pero luego afloja un poco, no creo que este pueblo ni ninguno de los alrededores acabe desapareciendo.

-Tuvimos unos años de mucho trabajo cuando construyeron el teleférico, vino hasta Franco a inaugurarlo, de eso hace ya trece años, pero ahora las cosas no están para tirar cohetes.

Bernarda recordó las ideas que tenía de niña y las que expuso a su padre diciéndole que en unos años podrían subir personas a lo alto de los picos, en aquel momento su padre se había echado a reír, pero si él vivía y había podido ver la inauguración del teleférico sin duda se hubiera acordado de su niña desaparecida.

Jacinto no dejaba de hablar, Bernarda quería echar marcha atrás a la conversación y volver a un punto que Jacinto había dejado en el aire.

-Y ¿dice usted que hay mucha gente mayor en este pueblo?

Jacinto volvió a afirmar con la cabeza.

-Si los hay, si. El más mayor es Don Anselmo – Bernarda tuvo que hacer un gran esfuerzo para reprimir su alegría. Don Anselmo estaba vivo. Jacinto siguió hablando ajeno a los sentimientos de Bernarda- Fue párroco de nuestra iglesia hasta hace un par de años que vino otro más joven para sustituirle, pero ¿sabe una cosa? El viejo cura no ha querido irse de aquí , dice que son ya muchos años en esta parroquia y que este es su sitio, que el día que se tenga que morir se morirá aquí y fíjese que él no es de aquí, creo que nació en Cádiz, pero claro el roce hace el cariño y son muchos años dando misa, enterrando a vecinos y bautizando a los pocos que nacen, ahora se dedica a cuidar un pequeño huerto y dar largos paseos, de vez en cuando se mete en el confesionario y escucha a los pocos pecadores que se acercan a la Iglesia pero ya le digo que casi todo el tiempo está paseando o cuidando de su huerto.

Bernarda quería preguntar a Jacinto por su abuela, si Don Anselmo estaba vivo era muy probable que su abuela también lo estuviera, pero sabía que cualquier pequeño paso en falso la delataría y eso sería el principio del fin. Prefirió seguir dejando hablar al buen hombre y ver qué más podía sacar de esa conversación, estaba claro que el hombre no tenía otra cosa mejor que hacer que pasar el tiempo charlando con ella, aunque si Bernarda miraba a su alrededor a aquella pequeña tasca no la vendría mal una buena mano de pintura y un buen fregao con lejía a esos suelos que cuando había entrado sus pies se habían quedado pegados en ellos.

Jacinto siguió hablando durante varios minutos más, Bernarda comprendió que ya poco podía sacar de esa conversación, el hombre ya sólo hablaba de la vida de hace unos años en el pueblo y de las penurias que se habían pasado durante la guerra y la posguerra, quizás si ella iba a ver a Don Anselmo y le hablaba él podría ayudarla, si le hablaba en confesión él tendría que guardar el secreto, el secreto de confesión era algo que los sacerdotes no se podían saltar a la tremenda y a esas alturas Bernarda era la única puerta que veía que se podía abrir. Decidió interrumpir la verborrea de Jacinto.

-¿A qué hora abren la iglesia?

Jacinto se encogió de hombros, depende del día, pero hoy es domingo, a las doce hay misa.

Bernarda negó con la cabeza.

-No quería oír misa, simplemente me apetecía ver la iglesia que imagino que es antigua y debe de ser digna de admiración.

Jacinto afirmó con la cabeza.

-Si es bonita, tiene un retablo que quita el sentido, pero si lo que usted quiere es ver la iglesia, vaya por detrás, seguro que las horas que son Don Anselmo está ya en el huerto, el viejo cura no dudará ni un instante en enseñarle la parroquia, está tan orgulloso de ella que parece como si la hubiera construido él con sus propias manos.

-¿Qué le debo por el café?

-Nada, a este café la invito yo que me ha venido muy bien hablar con usted un rato, hasta que no salga la gente de misa aquí tengo poca faena.


Bernarda se despidió de Jacinto y se encaminó hacia la iglesia. 



CAPITULO DECIMO SEGUNDO

Bernarda fue rodeando el viejo templo hasta que dio con el huerto que le había indicado Jacinto. Una figura menuda se divisaba a lo lejos, Bernarda enseguida reconoció a Don Anselmo y se dirigió hacia él.

-¿Don Anselmo?

Al oír su nombre el viejo párroco se dirigió hacia la mujer, tiró el pequeño azadón que tenía entre las manos y se encaminó hacia ella.

-Soy yo, ¿necesita algo?

-Si padre, necesito hablar con usted.

-¿La conozco?

Bernarda asintió con la cabeza en un gesto casi invisible.

-Padre necesito hablar con usted, pero tiene que ser en el confesionario, lo que le voy a contar no puede salir de esas cuatro paredes y sé que usted es un hombre de Dios y que todo lo que le cuente bajo secreto de confesión no se lo dirá a nadie.

Don Anselmo no entendía nada de lo que estaba oyendo, pero hacía mucho tiempo que nadie reclamaba sus servicios, si aquella extraña le llamaba por su nombre y pedía confesión algo muy importante la tenía que estar pasando, y como bien había dicho ella, él era un hombre de Dios y se debía a los feligreses viniesen de donde viniesen y necesitaran lo que necesitaran.

Don Anselmo condujo a Bernarda dentro de la iglesia, el templo estaba tal y como lo había recordado ella tantas noches cuando no podía dormir y su mente viajaba al pasado.

El párroco se santiguó delante del cristo e hizo pasar a Bernarda a la sacristía, la misma que ella limpiaba cuando era niña, un rubor la subió hasta las mejillas, no estaba orgullosa de lo que le había hecho al pobre Don Anselmo hacía años, si todo iba bien ahora estaba en condiciones de poder redimir parte de esa culpa que había cargado en sus espaldas durante tantos años.

Don Anselmo tomó la palabra.

-No sé lo que usted me tiene que contar, pero le puedo asegurar que lo que me cuente en esta sacristía será tan válido que lo que me pudiera contar en el confesionario. De aquí no va a salir. Todavía tenemos un par de horas hasta que venga por aquí el párroco Cándido que es el que da la misa, pero hoy tenía dos entierros en un par de pueblos de la zona con lo que tenemos un rato hasta que regrese y como le he dicho puede hablar con total tranquilidad.

Bernarda decidió no esperar más.

-Don Anselmo, ¿usted se acuerda de dos hermanas que desaparecieron hace años del pueblo?.

Don Anselmo se removió intranquilo en la silla que estaba sentando y se levantó de ella, se puso a andar con paso firme pero lento, quizás debido a su edad.

-¡Cómo no me voy a acordar de aquellos dos ángeles!, la mayor de las hermanas se llamaba Bernarda y la pequeñita Piedad, eran dos amores de niñas, aunque ya que usted pregunta por ellas la diré que tengo mis sospechas de que la mayor me robara dinero del cepillo durante un tiempo, aunque con el paso de los años eso ya no tiene importancia.

-Si. Le robó Don Anselmo, le robó del cepillo y le robó aquí en la sacristía, pero créame que si no hubiera tenido necesidad de ello no lo hubiera hecho.

-¿Qué está diciendo usted? ¿Cómo puede usted saber tal cosa? Don Anselmo parecía que estaba perdiendo los nervios a raíz de la confirmación de sus sospechas.

-No se enfade Don Anselmo, todavía tiene mucho que oír al igual que yo. Si tengo la certeza de que esa niña le robo es porque esa niña era yo.

Don Anselmo, perdió el color de sus mejillas y se volvió a sentar en la silla que minutos antes había abandonado, Bernarda corrió a servirle un vaso de agua fresca, recordaba perfectamente donde estaban los enseres y donde estaba el grifo en la pequeña sacristía, cuando Don Anselmo se había repuesto un poco decidió preguntar a la mujer que estaba delante.

-¿Cómo puedo saber yo que no me está mintiendo?

-Pregúnteme lo que quiera de esos años y verá que no le miento, Don Anselmo.

-Está bien. Salga de nuevo al templo. Mírelo usted todas las veces que lo tenga que mirar y use el tiempo que tenga que utilizar, si es cierto lo que usted me está contando, verá que la iglesia no ha sufrido cambios en todos estos años, pero si hay algo que ya no está, algo que si usted es quién dice ser sabrá perfectamente a lo que me estoy refiriendo. Si usted me está diciendo la verdad no tiene porque tener miedo de salir ahí y tampoco tardará mucho en dar con lo que yo le estoy diciendo. Si sus palabras son verdaderas yo le ayudaré en lo que necesite y la escucharé en todo momento y puede usted estar tranquila de que su secreto se quedará conmigo hasta el resto de mis días.

Bernarda abandonó la sacristía y se colocó en mitad del templo, miró con detenimiento el retablo, las paredes, los bancos, las imágenes que estaban expuestas en las pequeñas capillas que tenía a su derecha y a su izquierda, miró también el confesionario y enseguida lo supo. Volvió a dar otra vuelta visual a su alrededor y tuvo la certeza de que estaba en lo cierto. Se dirigió entonces de nuevo a la sacristía con paso seguro y con una sonrisa en la boca.

Don Anselmo la esperaba sentado en su vieja silla con la cabeza recostada en su mano derecha, tenía aspecto de cansado, pero Bernarda confiaba en él casi como en ella misma, años atrás le había conocido muy bien y sabía que era un hombre de palabra y una buena persona.

Cuando Don Anselmo oyó los pasos de Bernarda levantó la cabeza y la miró fijamente.

-La virgen negra.- afirmó Bernarda exultante- Falta la pequeña talla de la virgen negra que estaba en la segunda capilla a la entrada de la Iglesia a mano derecha, la que tenía un manto blanco con rosas bordadas a manos, rosas que bordó mi madre con la ayuda de mi abuela para una Semana Santa, el mando gustó tanto y la virgen se veía tan bonita que usted mismo decidió que el manto se quedara en la cabeza de la virgen para siempre, una vez al año mi madre la quitaba el manto a la virgen y se lo subía a casa para lavar y planchar, a los dos o tres días volvíamos aquí para colocárselo de nuevo a la imagen y así año tras año, hasta que me fui de aquí- Bernarda decidió callar y esperar a que Don Anselmo respondiera, la emoción era muy fuerte y su corazón se aceleraba sin que ella pudiera hacer nada por impedirlo, según hablaba con el viejo cura la imagen de su madre atizando la plancha preparándola para planchar el manto se la hizo real, era una imagen que no sabía porque motivo había desechado de su mente pero ahora la veía como si estuviera ella en la pequeña cocina viendo hacer a su madre.


Don Anselmo no dijo nada, se levantó de su silla y abrazo a esa niña que se había ido hacía muchos años, abrazó a ese ángel que había sido sus manos y sus ojos durante mucho tiempo, abrazó a esa súplica convertida en realidad, lo que Bernarda no sabía es que ese viejo cura, como ella ahora lo veía, había pedido a Dios todos los días de su vida que las niñas estuvieran bien y que antes de morirse las pudiera volver a ver. Abrazó a Bernarda y sus lágrimas brotaron de sus ojos sin que él pudiera hacer nada por reprimirlas. Bernarda dejó escapar sus sentimientos y sus miedos. Abrazó también a Don Anselmo y ella también comenzó a llorar dando rienda suelta a ese llanto que durante tanto tiempo se había reprimido. Así abrazados y llorando permanecieron durante varios minutos.


CAPITULO DECIMO TERCERO

Don Anselmo, acompañó a Bernarda para que se sentara en la pequeña mesa que estaba en la sacristía.

-Bien, hija. Es hora de poner las cartas sobre la mesa y que me cuentes el porqué te fuiste junto con Piedad de este pueblo que era tu casa, aunque mucho me temo que quizás sepa más yo que tú de tu propia historia y también temo que si tu tienes mucho dolor dentro de tu cuerpo el mío no se queda atrás. Comienza a hablar y después hablaré yo.

Bernarda le hizo un resumen a Don Anselmo de todo lo que había vivido, le contó todo lo que había pasado con su tío Leandro, le contó como la vida le había puesto a dos ángeles en su camino, Ladislao y Dominga, le habló de Dimas y de cómo era su vida en aquel momento.

El viejo párroco abandonó su asiento por unos instantes dejando sola a Bernarda en la sacristía, minutos después entró con dos vasos de vino. Le ofreció uno a Bernarda.

Creo que el señor entenderá perfectamente que robe un par de vasos de vino debido a las circunstancias que aquí nos están aconteciendo en este momento.

-Hiciste muy bien en irte pequeña y en llevarte a Piedad contigo, esta noche daré las gracias al Señor por haberte puesto otra vez en mi camino, daré las gracias por que en tu vida estén Ladislao y Dominga y daré las gracias porque tu hijo Dimas sea un hombre de provecho y esté sano como un roble como tú bien me has dicho. El viejo cura se quedó callado con la mirada fija en el suelo.

-¿Por qué me dice usted padre que hice bien en irme?

-Tú conoces tu historia, la historia que viviste hasta que abandonaste tu tierra, y la que has hecho fuera de ella, pero yo sé más que tú. Se la historia desde que te fuiste hasta ahora. Durante todos estos años has sido una mujer fuerte que has cuidado de tu hermana y de tu hijo, que te has labrado un futuro y una reputación, por eso sé que eres fuerte para escuchar mi relato.

Bernarda tragó saliva.

-Hablé padre, creo que ya he visto de todo en esta vida.

Don Anselmo meneó la cabeza, se ajustó sus viejas gafas y decidió comenzar con su relato.

-Como bien te ha dicho Jacinto, tu abuela vive y tiene una salud de hierro, sigue haciendo la misma vida de siempre, no falta ni un domingo a misa, si esperas a que comience hoy el responso la podrás ver sin problema- Al oír estas palabras la cara de Bernarda se transformó por completo, su alegría era indescriptible, no podía decir con palabras lo que su corazón sentía. Don Anselmo decidió seguir con su relato y que la felicidad de Bernarda no la nublara la cordura- Bernarda, escúchame, por favor, lo que ahora te voy a contar no es plato de buen gusto para nadie, hice, hace muchos años una promesa y la tengo que cumplir, me debo a mis feligreses y a toda la gente que vive aquí venga o no a la iglesia y entre esas gentes se encontraba tu madre, sabes que ella venía a verme y a ayudarme prácticamente a diario, pero cuando tú y tu hermana desaparecisteis ella no volvió por aquí hasta dos años después de vuestra desaparición. Vino una noche cuando la iglesia ya estaba cerrada, era una noche de perros, llovía a cántaros y hacía mucho viento, yo estaba aquí como ahora, en esta vieja sacristía atizando el viejo brasero cuando unos golpes me hicieron dirigirme a la puerta de entrada de la Iglesia. Cuando abrí la puerta ahí estaba tu madre, estaba empapada hasta los huesos, tenía la mirada perdida y estaba llena de barro, sus manos y su cara estaban tan sucias que apenas la pude reconocer, me pidió que la dejara entrar, que tenía que hablar conmigo, las horas no eran ni mucho menos las adecuadas, pero tal era la mirada de desesperación que se reflejaba en ese sucio rostro que comprendí que no la podía dejar en la calle- Don Anselmo volvió a  guardar silencio por unos instantes.

-Continúe padre, por favor, por muy duro que sea lo que tenga que contarme, no deje de hablar, necesito saber que pasó con mi familia, necesito respuestas y hacer preguntas, necesito vivir en paz después de tantos años.

Don Anselmo asintió.

-Está bien. Continuemos entonces. Tal y como tú me has pedido hoy, ella me pidió que guardara en secreto todo lo que me iba a contar y que sólo si tú o Piedad volvíais a aparecer en nuestras vidas, fuera yo el que os contara toda la verdad. Así pues, escuché su relato prometiéndola en todo momento que su secreto estaba a salvo conmigo. Ahora que tú estás frente a mí sé que ese momento ha llegado. Tu madre estaba triste por vuestra ausencia, pero lo que realmente no la dejaba vivir era el sentimiento de culpabilidad que la había perseguido desde la misma noche que vosotras desaparecisteis. Bernarda, tú y tu hermana no sois hijas de vuestro padre. Sois hijas de vuestro tío Leandro, tu madre fue violada durante años por ese canalla, dejándola embarazada en más de una ocasión, tu madre sufrió abortos continuos que ocultó a tu padre. Cuando se quedó embarazada de ti pensó en contarle toda la verdad a tu padre, pero sabía que si contaba su verdad. La verdad de todo, arruinaría su vida, la de tu padre, la de Isaac y la de tu abuela, asique decidió callar y seguir con el embarazo haciéndole creer a tu padre que tú eras hija de él, lo mismo pasó con Piedad, por eso cuando las dos os marchasteis de aquí ella sólo tuvo que atar un par de hilos y darse cuenta de todo lo que estaba sucediendo. Al día siguiente de vuestra desaparición fue en busca de tu tío a pedirle explicaciones, lo único que encontró fueron malas palabras y una paliza que por poco la lleva a la tumba, se encerró en casa y durante varias semanas nadie la vio, tu padre y tu hermano Isaac no estaban aquí habían salido a buscaros, cuando regresaron los golpes habían desaparecido y como siempre tu madre decidió callar una vez más.


Bernarda no podía hablar, las lágrimas no la dejaban articular palabra, sentía una profunda pena por su madre, sabía de sobra lo que ella podía haber sufrido, había sufrió tanto como ella, pero por otro lado sentía rabia hacia esa mujer, sentía casi hasta rencor, si ella no hubiera guardado silencio, tal vez Bernarda no hubiera sufrido su calvario particular. El asco que le proporcionaba el saber que su tío era su verdadero padre no la dejaba ni tragar saliva, se levantó de la silla y se dirigió al baño. Una vez allí arrodillada en la taza del váter empezó a devolver todo ese asco que tenía en su garganta.  



CAPITULO DECIMO CUARTO

Cuando Bernarda salió del cuarto de baño, Don Anselmo tenía una vieja biblia entre sus manos. Al oír los pasos de Bernarda giró su cabeza hacía ella. La miró fijamente y la hizo un ademán para que se sentara al lado de él.

-Como tú bien sabes tu madre apenas sabía leer y escribir, por eso antes de irse aquella noche de la Iglesia  me pidió que yo plasmara en un papel todo lo que ella sentía- Don Anselmo abrió su vieja biblia y sacó un sobre apaisado de dentro de ella- Esta carta la he guardado como oro en paño durante todos estos años con la esperanza de que algún día, antes de morirme, vinierais tú o tu hermana de nuevo aquí y pudierais leer lo que ella quería contaros. Esta carta es para ti, Bernarda. Léela tranquilamente. Te voy a dejar unos minutos sola para que puedas entender lo que realmente vivió tu madre. Voy a ir a por un poco de café a la tasca de Jacinto. No creo que nos venga nada mal. Tardaré un rato, estate tranquila, cerraré la Iglesia para que nadie te moleste. No temas hija, aquí nunca te encontrarás sola, el Señor te dará la tranquilidad que necesitas.

Diciendo esto Don Anselmo abandonó la sacristía y dejó a Bernarda con la carta entre sus manos y en una soledad que para ella caía como una losa.

Bernarda jugueteó un buen rato con el sobre, se levantó y salió a la Iglesia, rezó una oración que conocía desde niña. Volvió a entrar en la sacristía. Abrió el sobre con cuidado y desdobló el viejo papel con miedo a que se rompiera entre sus dedos. Bernarda tomó aire y comenzó a leer.

“Queridas hijas mías. Si estáis leyendo estas líneas es señal de que las dos, o por lo menos una de vosotras, estáis bien y habéis vuelto a vuestra casa. Como yo apenas se leer y escribir he pedido a Don Anselmo que escriba estas palabras por mí, entre otras cosas porque es una de las pocas personas en las que confío. También sé que si leéis estas líneas ya sabréis que sois hijas de vuestro tío Leandro. Quiero que sepáis que tanto vuestro padre como yo os queremos con locura y que habéis sido nuestro motor durante todos estos años. Quiero que sepáis también, que las vejaciones y los golpes por parte de vuestro tío empezaron cuando yo era apenas una niña. Vuestro padre y yo nos enamoramos cuando éramos muy jóvenes. Yo me enamoré de vuestro padre cuando apenas tenía catorce años y con dieciséis ya estábamos casados, nos casamos de madrugada en esta Iglesia, lo tuvimos que hacer así porque yo me quedé embarazada de Isaac y para todo el mundo era una vergüenza casarnos a plena luz del día. Lo que ni vuestro padre ni yo sabíamos es que vuestro tío estaba obsesionado conmigo, como yo no tenía padres, en un primer momento decidimos irnos a vivir a la casuca de la abuela. En la casuca vivíamos vuestro tío, vuestro padre, vuestra abuela y yo. Cada vez que me quedaba sola en la casuca vuestro tío aprovechaba para abusar de mí, la primera vez que sucedió quise hablar con vuestro padre cuanto que viniera del campo, pero no pude. Vuestro padre no hacía más que decir lo mucho que teníamos que agradecer a su hermano que estuviéramos en casa de la abuela y que si no fuera por ellos no tendríamos donde vivir, pasaron los años y los abusos eran constantes, cuanto que pude convencí a vuestro padre para  irnos a nuestra casuca a vivir fuera de la presencia de vuestro tío, a vuestro padre no le gustó la idea en un principio, pero comprendió que necesitábamos tener nuestra casa y formar nuestra familia, cuando dejamos la casuca de la abuela Isaac tenía ya tres años, yo pensé que una vez fuera del dominio de vuestro tío las cosas cambiarían y que ya no se acercaría a mí. Que confundida estaba yo en aquellos años. Durante los primeros meses vuestro tío no se acercó por nuestra casa y cuando nos veíamos siempre estaba acompañada de vuestro padre, de alguna vecina o de vuestra abuela, ya me las ingeniaba yo para que no me pillara en ningún renuncio, pero un día la abuela se puso muy enferma, tanto que llegamos a temer por su vida, le costaba respirar y sentía una opresión muy fuerte en el pecho, el médico nos dijo que tenía que guardar reposo durante un tiempo y que no se la podía dar disgustos ni podía hacer ningún esfuerzo, vuestro padre entonces me pidió que yo fuera todos los días a cuidarla y ha adecentar la casuca, así lo hice durante más de tres meses. Una mañana vuestro padre me pidió que fuera a ver el ganado que cuidábamos y que sacara la leche de las vacas, él no lo podía hacer porque tenía que ir a sembrar, iría también vuestro tío con él, con lo que dejé a vuestro hermano Isaac con Antonia, la vecina que teníamos en la casuca de al lado y a primera hora de la mañana me dirigí al campo, cuando ya había terminado de hacer todo lo que me había pedido vuestro padre me dispuse a bajar al pueblo de nuevo, entonces noté que no estaba sola en el camino, noté como alguien seguía mis pasos, aceleré mi ritmo todo lo que pude, pero vuestro tío era más rápido que yo y en muy poco tiempo me tenía cogida por la cintura, me sacó del camino de un empujón y me tiró a la tierra, intenté defenderme todo lo que pude, le arañé, le pegué y hasta le escupí, pero él era mucho más fuerte que yo, después de forcejear durante unos minutos con él vuestro tío me puso una navaja en el cuello, me dijo que si decía algo de lo que pasaba a vuestro padre mataría a Isaac y después a mí. Cuando se fue salí corriendo hacía el pueblo en busca de vuestro hermano, el pequeño jugaba en la calle bajo la atenta mirada de Antonia, el pánico me atemorizó durante muchos años, no volví nunca a dormir tranquila, con el paso de los años vuestro hermano creció y cada vez que tardaba un poco más en volver a casa el miedo se apoderaba de mí, muchos fueron los días en que temí que no volviera a casa y que me lo encontrara muerto en cualquier camino, durante todos esos años vuestro tío hizo conmigo lo que quiso.

Cuando me quedé embarazada de vosotras no podía decir a vuestro padre la verdad porque sabía que vuestro tío cumpliría sus amenazas y cuando vosotras crecisteis y vuestro tío empezó a no buscarme supe que estaba abusando de ti Bernarda lo supe desde el primer momento, igual que supe que estabas embarazada, hay cosas que a una madre no se la pueden ocultar por mucho que un hijo quiera, vi la tristeza en tus ojos, vi como ya no jugabas con tus amigas como lo hacías antes, te notaba ausente en muchos momentos, vi como tu risa cada vez se oía menos en nuestra casa.

Un día me armé de valor y me fui en busca de vuestro tío, le supliqué que te dejara Bernarda, le ofrecí mi cuerpo una vez más, pero él ya no quería tocarme, te quería a ti, me confesó entre risas, las veces que había abusado de ti y me prometió que lo seguiría haciendo cada vez que él quisiera.

La noche que desaparecisteis tenía de bajo de mi cama la vieja escopeta de vuestro padre, a la mañana siguiente tenía decidido irme en busca de vuestro tío y pegarle un tiro, pero cuando Isaac fue a vuestra habitación por la mañana para despertaros y me dijo entre sollozos que no estabais, lo comprendí. Comprendí que os habíais ido para siempre, sólo yo sabía el motivo de vuestra desaparición, pero aún así, una vez más, fui en busca de vuestro tío para que me dijera que había hecho con vosotras, la respuesta fue una paliza y otra amenaza, si contaba todo lo que había pasado me rajaría como se rajan a los guarros y vuestro padre iría detrás de mí junto con Isaac.

Sé que tenía que haber sido valiente, sé que tenía que haber hablado, sé que la abuela tenía que haber sabido la verdad y sólo ella me hubiera ayudado, pero también sé que la pena la hubiera matado y si no la pena vuestro tío lo hubiera hecho, es una alimaña, es una mala persona movida únicamente por el rencor y la maldad. De mi abuso todo lo que pudo y más, igual que de ti, hija mía, pero no fue la única fechoría que hizo ese mal nacido, robó ganado, abuso de más de una chiquilla de los pueblos de al lado, quemó fincas e incluso mató a un pobre pastor que le vio como mataba unas vacas del tío Renato, todo porque le dijo en la tasca de Jacinto que no valía para trabajar. Os preguntaréis como sé todo eso y porque nadie ha hecho nada y porqué nadie habla de ello. El miedo es un arma muy poderosa si se sabe manejar bien y vuestro tío sabe mucho de eso, tiene amenazado a medio pueblo. Las vecinas que hablan con la abuela lo hacen por miedo y saben que si se van de la lengua tendrán en mismo final que el pobre pastor que os he mencionado antes.

Si habéis llegado hasta aquí y habéis hecho este largo camino de vuelta quiero que sepáis toda la verdad.

Yo poco puedo hacer ya, la pena y los remordimientos no me dejan vivir y sé que es hora de despedirme de vosotras. Espero que algún día podáis perdonarme toda esta cobardía.

Os quiero con toda mi alma.



Cuando Bernarda terminó de leer la carta de su madre las lágrimas brotaban por su cara sin que nada pudiera hacer por reprimirlas, no eran lágrimas de pena si no de rabia e impotencia.




CAPITULO DECIMO QUINTO



Cuando Don Anselmo entró en la Sacristía Bernarda no le dejó ni hablar. Se levantó y fue derecha a por él.



-Don Anselmo ¿dónde está mi madre?

Don Anselmo, agachó la cabeza por un momento y después miró fijamente a Bernarda.

-Ven conmigo hija mía, te llevaré a donde está tu madre.

Rodearon la Iglesia y fueron por el huerto donde horas antes Bernarda había encontrado a Don Anselmo. Anduvieron, por un camino estrecho durante unos metros, cuando pararon Bernarda vio una especie de cementerio enfrente de ella. Don Anselmo abrió la pequeña verja.

-Entra Bernarda. Aquí está tu madre. Como ya habrás podido comprender tu madre se quitó la vida esa misma noche cuando salió de la Iglesia, la encontramos al día siguiente colgada de un árbol en uno de los caminos, a la salida del pueblo. La pobre no podía más. Nunca imaginé que fuera a hacer tal cosa, cuando salió de la Iglesia me prometió que iría a su casa, quise acompañarla, pero ella se negó en rotundo. Tenía que haberlo imaginado, tenía que haberlo sabido, esas palabras, esa mirada…- Don Anselmo, se quitó sus viejas gafas e intentó aguantar sus lágrimas. Bernarda se compadeció de él.

-Usted no podía saber lo que iba a hacer mi madre y aunque lo hubiera sabido, hubiera podido evitar que lo hiciera esa noche, pero nunca hubiera evitado que lo hubiera hecho días después. No se martirice más Don Anselmo, de nada sirve ya. Todos hemos sufrido mucho en estos años y su sufrimiento no hará ni que mi madre vuelva ni que ninguno de nosotros nos sintamos mejor. Mi madre confió en usted para contarle su secreto, es con eso con lo que se tiene que quedar, con eso y con la lealtad que la ha regalado todos estos años. Sin duda eso era lo que quería ella, confió en usted y no se equivocó.

Don Anselmo se colocó de nuevos sus gafas y empezó a andar entre las tumbas. Se paró delante de una de ellas. Sólo un número la diferenciaba de las demás. El número tres.

-Al haberse suicidado, no se pudo enterrar a tu madre dentro del cementerio del pueblo, ni los suicidas ni los no bautizados tenían en aquellos años cabida en el cementerio, con lo que se los enterraba aquí, tampoco se les podía poner nombre, tenían que ser tumbas anónimas, pero yo no me resignaba a que fuera de ese modo, asique durante los años que la Iglesia no nos permitía enterrar a ciertas personas en el cementerio y lo teníamos que hacer aquí fui poniendo números a cada una de ellas, de esa forma, me parecía a mi que no caían en el olvido. Siento que todo tenga que ser así Bernarda. Siento que tu sufrimiento, en vez de ser menor al venir aquí se acreciente.

-No se preocupe padre. La vida no es el cuento maravilloso que nos cuentan cuando somos niños, la vida tiene muchos momentos malos, solo depende de nosotros como los asimilemos y lo que aprendamos de ellos.

Bernarda rezó de nuevo la pequeña oración que se sabía de cuando era niña delante de la tumba de su madre. No la guardaba rencor, ya no. Bernarda fijó entonces su mirada en las grandes montañas que la rodeaban, por un momento recordó como su madre la llevaba de su mano por esos caminos y recordó unas palabras que en esos momentos cobraban un significado distinto al que había tenido hasta ese momento. Recordó la voz de su madre diciéndola: “ Bernarda eres una niña preciosa que pronto serás una mujer. Una mujer fuerte que no temerá a nada ni a nadie porque tu miedo es sólo tuyo y tú no le permitirás entrar dentro de ti”. Sin duda ese momento había llegado. Bernarda ya no tenía miedo. No tenía miedo a su tío ni a la vergüenza que durante años la había acompañado. Ahora era una mujer fuerte, tal y como su madre había presagiado y comprendió también que en ese momento podría con todo. Cuando una persona a perdido todo ya es libre porque no tiene nada más que perder, y Bernarda ya había perdido todo. Había perdido su niñez, su inocencia y tal como le había pasado a su madre muchos habían sido los días que había perdido hasta las ganas de vivir, sólo la sonrisa de Dimas le había hecho seguir en el camino de la vida. Comprendió perfectamente como se había sentido su madre al haber perdido a sus hijas, comprendió que su madre ya no tenía motivo para seguir luchando. Había perdido la batalla.

Bernarda se volvió a girar hacia Don Anselmo.

-¿ Qué ha sido de mi tío, Don Anselmo?

-¿No quieres saber que pasó con tu padre y con Isaac?

-No se ha referido a ellos en todo este rato que llevamos hablando, imagino entonces que están vivos y que están bien.

-Vivos están Bernarda pero bien…..- Don Anselmo dejó de hablar.

-¿Qué pasa, Don Anselmo?, no me asuste.

Don Anselmo miró su reloj.

-Salgamos de aquí, Bernarda. A la Iglesia no podemos volver, los feligreses estarán ya entrando para oír misa y el padre Cándido estará colocándose la sotana en el Sacristía. No ha llamado al teléfono de la Iglesia, eso es señal de que le ha dado tiempo a llegar. Vayamos a la casilla que tengo en el huerto donde guardo los pocos utensilios de labranza que utilizo.

Bernarda siguió, una vez más, a Don Anselmo. Una vez metidos en la casilla el viejo párroco habló de nuevo.

-Bernarda, tu padre al morir tu madre perdió la cabeza. Era mucho su dolor, os había perdido a vosotras y después había perdido al amor de su vida, de una forma tan trágica, con lo que tu hermano Isaac y tu abuela se hicieron cargo de su cuidado, con el paso de los años su enfermedad ha ido a más, ya no conoce a nadie, no sale de casa, si come es porque tu abuela le da de comer, si se lava es porque Isaac le lava y si se acuesta es porque le meten en la cama, tu padre Bernarda es como un bebé, hay que hacerle de todo. Lo siento mucho.

Bernarda quería ir corriendo a abrazar a su padre, pero sabía que eso no era lo más adecuado en esos momentos. Sólo quería abrazarle y cuidarle, aunque él no la hubiera engendrado, ella le sentía como su padre y así sería por el resto de sus días. Don Anselmo había nombrado a Isaac, había dicho que cuidaba de su padre con lo que deducía que él estaba bien. De todos modos, se quiso cerciorar.

-Isaac, está bien ¿verdad?.

Don Anselmo anduvo inquieto por la pequeña casilla, después de dar unos pasos, miró de nuevo a Bernarda.

-Isaac está bien, Bernarda. Es padre de una niña, una niña de casi dieciocho años ya, pero tampoco ha tenido una vida fácil, con vuestra marcha y la pérdida de tu madre como te he dicho tuvo que hacerse cargo de tu padre, de las labores del campo, de la casa y de todo lo que eso conlleva, hace diez años se declaró un incendio importante en la zona, seguramente lo verías por la televisión o lo oirías por la radio, imagino que todo lo que pasara en esta tierra lo habrás seguido con interés- Bernarda asintió- Bien, en ese incendio murieron varios vecinos, una era la mujer de tu hermano. Cuando se casó, tu hermano se fue a vivir a las afueras del pueblo en una casa muy grande porque su mujer era la hija de Vitoriano, ¿ te acuerdas de él?

-Cómo no acordarme si era el hombre más rico del pueblo.

-Exacto. Pues tu hermano se enamoró de Isabel, la hija de Tío Vitoriano, locamente y ella de él. Con el paso del tiempo Tío Vitoriano acepto a tu hermano en la familia y le quería como si fuera un hijo más. Tu hermano es un hombre muy trabajador y se hace querer, tiene un corazón que no le cabe en el cuerpo. Cuando el incendio se declaró tu hermano estaba en vuestra casa ayudando a tu abuela con tu padre, cuando las vecinas corrieron a decirle que la casa se estaba incendiando, Isaac corrió hacia su hogar, cuando llegó la casa estaba prendida en llamas, él sabía que su mujer y su hija estaban dentro. No se lo pensó dos veces y entró dentro de la casa con la intención de salvar a las dos, a la niña la pudo sacar con vida, con poca vida, la verdad, pero nada pudo hacer por Isabel. Ella ya estaba muerta cuando entró en la casa. La niña se recuperó de sus quemaduras y salió adelante. Tu hermano en el afán de salvar a las dos se quemó parte del cuerpo, las quemaduras más fuertes las tenía en las manos y en la cara, le costó tiempo recuperarse, pero ya está bien, sólo que su rostro refleja el horror que vivió en esos momentos. Está desfigurado Bernarda.

-Tengo que verlo, padre. Necesito ver a mi hermano. Tengo que abrazarle y besarle Padre.

-Es peligroso Bernarda, si tu tío se entera de que estás viva y de que estás aquí no sé cómo podrá reaccionar. Yo no soy un hombre muy listo, pero sé que si has venido hasta aquí no es sólo para ver a tu familia y a esa conclusión llegará también tu tío, sabiendo como es no le importará nada quitarte de en medio. Nadie debería de saber que estás aquí, hija.

-Necesito ver a Isaac, padre. Él me guardará el secreto, conozco a mi hermano. Él tiene que saber que Piedad y yo estamos vivas. Se merece saberlo. Se merece empezar a ser feliz, por favor padre.

Don Anselmo miró con compasión a Bernarda.

-Está bien, Iré a buscarle. Sólo yo tengo llaves de esta casilla te dejaré encerrada aquí hasta que vuelva con él. Nadie podrá entrar aquí. Es lo único que se me ocurre.

-Gracias padre.

Don Anselmo se disponía a salir de la casilla cuando Bernarda le agarró por el brazo.

-Don Anselmo, no me ha dicho que ha sido de mi tío.

-¿De verdad que lo quieres saber hoy? ¿ Es que no has tenido suficiente por hoy?

-Necesito saberlo Don Anselmo. Necesito saber todo lo que ha pasado en estos años.

-Tu tío está casado y bien casado. Es el alcalde del pueblo. El tío Vitoriano murió hará ocho o nueve años y él se casó con la viuda al año de morir Vitoriano. Las malas lenguas del pueblo dicen que llevaban años enredados y que la viuda no guardó ni el luto por su marido, dicen que la misma noche en que enterraron al Tío Vitoriano, tu tío estaba acostado en su cama con su viuda. Chismes de pueblo, ya sabes, pero viendo lo visto…yo me creo esos chismes. Ahora tu tío es un hombre respetable con dinero y tierras, tiene gente que le hace el trabajo en el campo y cuida sus animales. Tiene una buena casa, unos buenos coches y es dueño de varios aserraderos. Tiene dos hijos, gemelos de cuatro años, a tu abuela no va ni a visitarla y hace años que no habla ni con ella ni con el resto de tu familia que mirándolo con frialdad creo que es una bendición caída del cielo.

-Está bien Don Anselmo, vaya a buscar a mi hermano. En estos momentos es lo que más me urge. e mi tío ya me encargaré más adelante, pero ahora no es el momento.

-Tú sabrás lo que tienes que hacer con tu tío, yo soy un siervo del señor Bernarda y si haces algo malo, como siervo que soy no lo aprobaré, pero también es verdad que ya soy viejo y soy persona. No te juzgaré por lo que hagas la justicia divina es justa pero lenta, a veces hay que dar un pequeño empujón aquí en la tierra.

Don Anselmo besó la mejilla de Bernarda y salió de la casilla. Ella se quedó mirando desde la pequeña ventana como se alejaba, cuando la figura se perdió en la lejanía, volvió a sacar la carta de su madre y volvió a releerla.



CAPITULO DECIMO SEXTO


Cuando la puerta de la casilla se abrió y Bernarda vio a Don Anselmo entrar seguido de su hermano, el pánico la paralizó. El viejo párroco tenía razón. El rostro de su hermano estaba completamente desfigurado, su ojo derecho apenas podía permanecer abierto, comprobó Bernarda también que la frente y la entrada del pelo estaban totalmente quemadas, la piel del pómulo derecho era una arruga inmensa. Bajó entonces su mirada hacía las manos de su hermano, el tono de la piel era marrón rozando casi el negro, por varias zonas la piel casi ni existía, comprendió entonces que esas manos y esa cara necesitaban de sus cuidados, no estaba segura de que su hermano tuviera algún tipo de infección, pero por lo que podía ver no dudaba en afirmar que así era.

Isaac se quedó quieto mirando a su hermana detrás de Don Anselmo.

El viejo párroco cerró la puerta de la casilla y echó la llave, contempló a los dos hermanos con cierta amargura.
-Después de tanto tiempo sin veros ¿no os vais a dar ni siquiera un abrazo?.

Bernarda se dirigió hacia su hermano y le abrazó, durante esos segundos el cuerpo de Isaac permaneció inmóvil como si de una estatua de sal se tratara. El encuentro no estaba siendo ni mucho menos lo que Bernarda se había imaginado, sentía el cuerpo de su hermano frío como el hielo. Le miró a sus ojos y pudo ver como él la miraba con rabia contenida, la miraba con un dolor que ella no era capaz de describir. Decidió entonces separarse de él.

-Nunca te perdonaré el daño que nos hicisteis a mí y a nuestros padres. Nunca te perdonaré que te llevaras a Piedad contigo. Nuestra madre murió por tu culpa, nuestro padre perdió la razón por tu culpa y ahora apareces aquí de nuevo después de casi veintisiete años como si nada hubiera pasado. Mírate. Vistes con buena ropa  y hueles bien, llevas tu pelo cortado y peinado de peluquería y tus manos no son ni mucho menos como las mías, están cuidadas y arregladas. No sé de donde vienes ni lo que pretendes pidiendo a Don Anselmo que me venga a buscar, pero lo que tengo claro es que mi hermana Bernarda murió el mismo día que murió nuestra madre. No tengo nada más que decirte ni quiero hablar más contigo, no quiero volver a verte en mi vida. Si Piedad está contigo y, tienes un poco de humanidad en esa alma, déjala que venga y la pueda ver, déjala ver a padre y a la abuela que tantas lágrimas a derramado por vosotras. Es lo único que te pido y lo único que hablaré contigo. Ahora si me permites me voy a casa que tengo mucho que hacer. A diferencia de ti yo tengo que ganarme el pan todos los días que me levanto, para poder seguir subsistiendo, qué no viviendo, porque a mi también me mataste hace veintisiete años.

Isaac dió media vuelta e intentó abrir la puerta.

-La puerta está cerrada con llave Isaac, por mucho que intentes abrirla si yo no meto la llave en la cerradura…complicado es que abras. Como sabía cual iba a ser tu reacción me he tomado la libertad de encerrarnos a los tres en esta vieja casilla. Sé que tienes mucho dolor y mucha rabia dentro de ti, también sé que culpas a tu hermana de todas tus desgracias, pero estás culpando a la persona menos indicada en toda esta historia. Tu madre te tuvo engañado durante todos los años de su vida, no voy a juzgar su actitud porque yo no soy padre, pero si lo fuera seguramente que hubiera actuado igual que ella, hubiera querido proteger a mi familia de todo el dolor posible, pero debes de saber que tu madre no se mató por culpa de tu hermana, el culpable de que tu madre se quitara la vida ha estado a tu lado durante todos estos años, ya eres un hombre hecho y derecho con lo que es hora de que sepas toda la verdad y vayas poniendo nombre a los culpables de esta historia. Bernarda deja a tu hermano la carta que escribió tu madre antes de morir.

Bernarda miró a Don Anselmo dubitativa.

-No es momento de ser pudorosa con los sentimientos de un muerto, Bernarda. Si tu hermano sale de esta casilla sin saber la verdad le habrás perdido para siempre. ¿ Has esperado toda una vida para que tu hermano te odie el resto de ella?- Don Anselmo negó con la cabeza- Yo creo que no. Dale a tu hermano la carta y déjale que la lea, si después de leerla sigue pensando las mismas barbaridades que acaba de decir yo mismo le abriré la puerta para que se vaya.

Bernarda optó por obedecer a Don Anselmo. Abrió su mochila y entregó a Isaac la carta de su madre.

Isaac miró el sobre sin muchas ganas de abrirlo.

-No hagas que me enfade Isaac, no eres un niño pequeño. Ten lo que tiene que tener un hombre y lee esas malditas líneas o lo tendré que hacer yo por ti, pero te advierto que el testimonio de tu madre es tan desgarrador que, si lo oyes en boca de otra persona en vez de leerlo por ti mismo, el golpe será todavía más fuerte.

Isaac obedeció entonces a Don Anselmo, durante cinco minutos los tres permanecieron en silencio. Mientras que Isaac leía, Don Anselmo y Bernarda se miraban fugitivamente para volver a fijar sus miradas en él.
Cuando Isaac terminó de leer la carta la volvió a meter en el viejo sobre y se la entregó a su hermana casi sin mirarla.

-Ábrame la puerta Don Anselmo, necesito tomar aire, si sigo en esta casilla por mucho más tiempo creo que acabaré desmayándome.

Don Anselmo hizo lo que Isaac le pidió y le dejó salir. A continuación, cerró de nuevo la puerta, volvió a echar la llave y se dirigió a Bernarda. La cogió de las manos y la miró fijamente a los ojos.

-Conozco a tu hermano y es buena persona como te he dicho antes, déjale unos minutos estar solo. Tengo la certeza de que volverá. Solo necesita asimilar lo que ha leído, para él todo esto es nuevo, se acaba de dar cuenta que su vida ha sido una gran mentira, se acaba de dar cuenta que ha compartido risas y momentos con la persona equivocada, se acaba de dar cuenta que ha confiado y ha querido a un animal. Se acaba de dar cuenta que a la persona que durante tantos años ha odiado no era más que una víctima. Yo vi la mirada de desesperación que tenía tu hermano cada vez que venía a verme después de haber estado días buscando a tu hermana y a ti sin encontraros. Se que os ha echado de menos tanto o más que tú a él. Le habéis hecho mucha falta y él ha estado solo en todo momento. Al igual que tú tuvo que madurar a pasos agigantados sin entender muy bien el por qué la vida le arrebataba lo que más quería. Ahora solo tiene que asimilar las palabras de tu madre. Simplemente eso.

-Tu tío está casado y bien casado. Es el alcalde del pueblo. El tío Vitoriano murió hará ocho o nueve años y él se casó con la viuda al año de morir Vitoriano. Las malas lenguas del pueblo dicen que llevaban años enredados y que la viuda no guardó ni el luto por su marido, dicen que la misma noche en que enterraron al Tío Vitoriano, tu tío estaba acostado en su cama con su viuda. Chismes de pueblo, ya sabes, pero viendo lo visto…yo me creo esos chismes. Ahora tu tío es un hombre respetable con dinero y tierras, tiene gente que le hace el trabajo en el campo y cuida sus animales. Tiene una buena casa, unos buenos coches y es dueño de varios aserraderos. Tiene dos hijos, gemelos de cuatro años, a tu abuela no va ni a visitarla y hace años que no habla ni con ella ni con el resto de tu familia que mirándolo con frialdad creo que es una bendición caída del cielo.

-Está bien Don Anselmo, vaya a buscar a mi hermano. En estos momentos es lo que más me urge. e mi tío ya me encargaré más adelante, pero ahora no es el momento.

-Tú sabrás lo que tienes que hacer con tu tío, yo soy un siervo del señor Bernarda y si haces algo malo, como siervo que soy no lo aprobaré, pero también es verdad que ya soy viejo y soy persona. No te juzgaré por lo que hagas la justicia divina es justa pero lenta, a veces hay que dar un pequeño empujón aquí en la tierra.


Don Anselmo besó la mejilla de Bernarda y salió de la casilla. Ella se quedó mirando desde la pequeña ventana como se alejaba, cuando la figura se perdió en la lejanía, volvió a sacar la carta de su madre y volvió a releerla.




CAPITULO DIECISIETE.

Tal y como había pronosticado Don Anselmo, después de unos cuarenta minutos Isaac tocó la puerta de la casilla.

El viejo párroco miró a Bernarda antes de abrir a Isaac y con una sonrisa en los labios se dirigió a ella.

-Te lo dije. Sabía que volvería, sólo necesitaba tiempo.

Isaac se quedó mirando a su hermana desde el umbral de la puerta por unos momentos. Parecía confundido. Se dirigió hacia ella y la entregó el sobre.

-Ahora me explico muchas cosas. Ahora me explico por qué Tío Leandro nunca salió a buscaros. Ahora me explico por qué madre nunca quería quedarse a solas con él. Ahora me explico por qué madre, cada vez que yo llegaba fuera de la hora a casa, estaba temblando sentada en el sofá esperándome con lágrimas en los ojos. Ahora me explico por qué padre llegó a echar a tío Leandro de casa en varias ocasiones, creo que antes de perder su cordura, padre entendió, si no todo, parte de lo que pasaba en la familia – Isaac tomó aire- Siento haberme comportado como un necio hace un rato, pero entiéndeme Bernarda, no tenía explicación a nada de lo que pasaba. De la noche a la mañana me encontré sin una familia, una familia que yo creía feliz. Solo podía culparte a ti porque para mi no había nadie más responsable de la situación. Al principio, cuando entré en vuestra habitación y vi que no estabais pensé que os habíais escondido en alguna parte de la casuca o en el pequeño patio, cuando comprobé que allí tampoco estabais pensé que era una chiquillada y que en un par de días a lo sumo una semana estaríais de vuelta, pero los días fueron pasando, fueron pasando las semanas, fueron pasando los meses y los años y me fui quedando sin vosotras, me fui quedando sólo. Después murió mamá y padre se volvió loco, perdió la cabeza, las ganas de vivir, perdió los recuerdos y yo me fui perdiendo con él, lo comprendí cuando una mañana intenté recordar vuestros rostros y no pude. Llorando me fui a casa de la abuela para que me dejara la única fotografía que conservábamos de vosotras, desde entonces la guardo en mi cartera- Isaac se echó mano a su bolsillo trasero del pantalón y sacó una vieja cartera, la abrió y sacó una vieja fotografía que tenía dentro de ella, con sumo cuidado se la entregó a su hermana- Sois Piedad, mamá y tú. Es el único recuerdo que durante todos estos años ha seguido vivo en mi memoria.

Bernarda había dejado de escuchar a su hermano por unos instantes. Su memoria se perdió en el día en que su hermana y ella se habían hecho esa fotografía. Recordaba que iban las tres andando por la plaza camino de la casuca de la abuela cuando Margarita, la mujer que tenía la tahona, al lado de la Iglesia, salió corriendo en su busca. Recordaba perfectamente las palabras de aquella mujer. Desde la puerta de su tienda llamó a voces a la madre de las dos niñas.- ¡ Maruja! ¡ Maruja!- la madre de Bernarda no la oyó y siguió andando con sus dos hijas cogidas de la mano. La mujer salió corriendo en su busca y la cogió por el brazo haciendo que parara su marcha- Maruja te llevo llamando desde la puerta de la panadería. La madre de Bernarda se giró y miró a los ojos a Margarita- ¿Qué quieres Margarita? Si es por los panes que te debo, no te preocupes. La semana que viene mi hombre cobrará varios jornales que tiene pendientes y te saldaré la cuenta. Sé que este mes me he retrasado en el pago, pero créeme si te digo que no he podido ir antes- La mujer sonrió a la madre de las niñas- Maruja, nos conocemos desde niñas y no tienes que preocuparte por eso. Son tiempos difíciles y cada uno hacemos lo que podemos para tirar hacia delante, ya me lo pagarás la semana que viene y si necesitas pan no tienes más que ir a la tahona, que yo te daré lo que tenga. Nunca podré olvidar como tú y tu marido salvaste la vida de mi Guillermo cuando le creíamos todos muerto. Eso no se paga con todos los panes que yo cueza desde ese día hasta el día que me muera, pero no he venido corriendo a buscarte para eso. He venido porque hay un fotógrafo en el pueblo y todo el mundo se está retratando. Tienes que hacerte una fotografía con las dos pequeñas. La madre de Bernarda agachó la cabeza avergonzada- Te lo agradezco mucho Margarita, pero si no tengo dinero para pagarte el pan que te debo ¿cómo voy a tener dinero para pagar una fotografía? Ya vendrá ese buen hombre otra vez por aquí y si entonces la cosa va mejor nos haremos esa fotografía- Margarita cogió de las manos a las dos niñas y empezó a caminar con ellas hacia la tahona - Decididamente Maruja no tienes remedio, ¿quién ha hablado aquí de pagar la fotografía? Pues no come ná el fotógrafo ese, ya se ha comido una buena hogaza de pan con un buen trozo de jamón y queso, ya le he dicho que las fotografías mías y de mi familia me las hace gratis, que vaya a casa de tío Vitoriano y le haga todas las que quiera que ese no le va a pagar mal y como vosotras sois de mi familia os hacéis la fotografía ahora como yo me quedé sin abuela, lástima que no haya venido con vosotras Isaac, para que hubieran estado los tres hermanos juntos, pero en fin, todo no se puede tener- Según Margarita iba hablando no dejaba de andar hacia su tienda con las dos niñas cogidas de la mano y con la madre de ambas siguiéndoles los pasos. De esa forma las tres se hicieron la fotografía que ahora tenía Bernarda en sus manos.

-Mirando esta fotografía ahora me doy cuenta que nuestra vida no ha sido fácil desde que nacimos Isaac. Nuestros padres hicieron todo lo posible para que fuéramos felices, pero la losa que tenían encima de sus cabezas era demasiado pesada para soportarla durante mucho tiempo y al final se rompió destrozándonos a todos.

Isaac escuchaba las palabras de su hermana.

-¿Qué piensas hacer ahora Bernarda?.

Bernarda se encogió de hombros.



-Debo de reconocer que la situación que me he encontrado al venir aquí es muy distinta a cualquier cábala que me hice durante todas las noches que pasé en vela. No contaba con que la abuela estuviera viva. No contaba con que madre estuviera muerta. No contaba con que padre hubiera perdido la cabeza. No contaba con encontrarme contigo de esta forma y por supuesto no contaba con que nuestro tío fuera el alcalde del pueblo y uno de los hombres más ricos que vive ahora aquí. Necesito tiempo para poner mis ideas en orden y saber qué hacer. Os tengo que dejar, pero volveré muy pronto. Tengo que hablar con Piedad de todo esto- Bernarda se giró hacía el viejo párroco- Don Anselmo, solo le puedo dar las gracias por todo lo que ha hecho por mi familia. No se vaya usted muy lejos que el próximo día que vuelva le quiero volver a ver y saldar con usted esa deuda que tengo pendiente desde hace muchos años – Bernarda se acercó a su hermano y le dio un beso en la mejilla. Miró por última vez la vieja fotografía que tenía en sus manos y se la devolvió- Cuídala como has hecho hasta ahora, no se te olvide que se la tienes que enseñar a Piedad- Diciendo esto Bernarda abrió la puerta de la casilla y se dirigió en dirección a donde había dejado su viejo coche, dejando a los dos hombres desconcertados en la vieja casilla. 



CAPITULO DIECIOCHO.

El camino de vuelta a casa se le hizo interminable a Bernarda. Tenía sentimientos encontrados y lo más importante…no sabía cómo iba a explicar todo lo que había vivido ese día a su hermana Piedad. Por otro lado, estaba Dimas. Esa mañana había comprendido que Dimas además de su hijo era su hermano, los dos habían sido engendrados por el mismo hombre. Las lágrimas volvieron a los ojos de Bernarda. Cuando ya pensaba que no podía sufrir más la vida le atizaba un golpe más fuerte que el anterior. Con esos pensamientos en su mente llegó a su casa. Al oír el motor del coche, Ladislao y Piedad salieron a su encuentro

-¡¿Dónde te habías metido?! Piedad parecía enfadada con su hermana.

Bernarda abandonó del coche con gesto cansado.

-Tengo que hablar con vosotros, pero antes dejarme que me de una ducha caliente. No tardaré mucho. En quince minutos nos podemos juntar todos en la cocina- Bernarda miró a Ladislao – Padre haz una buena cafetera. Creo que la vamos a necesitar.

Diciendo esto Bernarda se perdió dentro de la casa, con paso lento y cansado.

Piedad y Ladislao se miraron desconcertados, pero los dos comprendieron que lo que habían sospechado durante toda la mañana era cierto. Bernarda había estado con su familia.

Cuando Bernarda bajó las escaleras de su casa y se dirigió a la cocina, Ladislao y Piedad la esperaban con impaciencia. Ladislao jugueteaba nervioso con la taza de café entre sus manos. Piedad andaba de un lado para otro de la cocina mordiéndose las uñas. Bernarda recordaba que, desde pequeña, cuando su hermana se ponía nerviosa se mordía las uñas hasta llegarse a hacer sangre. Más de una vez le había dicho que al final no tendría dedos si no muñones, Piedad siempre se reía con esa ocurrencia de su hermana. Ahora con el paso de los tiempos, pocas eran las situaciones en las que Piedad volvía a rescatar esa manía suya.

Bernarda se sentó en una de las sillas de la cocina y miró con gesto serio a su padre y su hermana.

-Piedad, siéntate , por favor. Lo que os tengo que contar es largo y penoso. Antes de empezar a hablar quiero que leas esta carta- Bernarda entregó a su hermana las líneas de su madre.

Piedad leyó con atención la carta que le había entregado Bernarda. Ladislao se levantó de su asiento y por encima del hombro de Piedad leyó también las palabras de la madre de las dos hermanas. Bernarda le dejó hacer, si alguien tenía derecho a saber de su vida y a tomar parte activa en esa historia era sin duda Ladislao.

Cuando Piedad terminó su lectura, Bernarda le relató todo lo que había descubierto aquella mañana en su visita al pueblo.

Ladislao fue el primero en hablar una vez que Bernarda acabó con su relato.

-¿ Y viendo el panorama que tiene tu hermano, le has dejado allí?
-¿Qué querías que hiciera? ¿ qué le arrastrara hasta aquí dejando abandonados a mi padre, a mi abuela y a su hija?

-Tu padre y tu hermano necesitan cuidados.

-Lo sé, lo sé, pero tampoco esta casa tiene capacidad para cuatro personas más, además no tengo yo muy claro que Isaac quiera dejar su vida y venirse aquí, por otro lado, si mi familia se marcha del pueblo mi tío empezará a sospechar que algo ocurre. Es un hombre listo, tiene la misma cantidad de listeza que de maldad dentro de ese cuerpo.

Ladislao salió de la cocina y abandonó la casa. Las dos hermanas le siguieron. Fuera en el gran patio el viejo maestro se encendía su pipa. Siempre que lo hacía de esa forma Bernarda sabía que algo tramaba su cabeza.

-¿Qué piensas padre? -quiso saber Piedad.

-La pregunta no es lo que yo pienso, la pregunta es qué es lo que vosotras queréis hacer con los miembros de vuestra familia y con vuestro Tío Leandro.

Bernarda miró hacía el cielo por unos instantes, después su mirada se fijó en su padre.

-Quiero hacer pagar a nuestro tío por todo lo que nos ha hecho no solo a nosotras si no a mis padres, a mi hermano y a mi abuela. Quiero que llegue un día en que maldiga la hora en que vino al mundo. Quiero que muera pidiéndonos perdón.

-Mucho pides tú. No soy hombre yo de venganzas y de rencillas y lo sabéis las dos muy bien, pero después de conocer toda la historia quiero que sepáis que os apoyaré en todo lo que hagáis y quiero también que sepáis que sigo pensando que no es justo que vosotras dos viváis como vivís y vuestro hermano y vuestro padre estén pasando calamidades.

-¿ Qué propones entonces? Quiso saber Piedad.

-Propongo lo mismo que he propuesto hace un rato en la cocina. Que se vengan a vivir todos aquí y que entre todos tramemos un plan para que vuestro tío pague por todo el daño que ha hecho.

-Te vuelvo a decir que, si salen del pueblo todos a la vez, levantarán sospechas.

Ladislao negó con la cabeza.

-No necesariamente.

-Explícate padre- Le suplicó Piedad

-Yo iré a vuestro pueblo y yo traeré a tu familia aquí y vuestro tío lo verá con sus propios ojos y no sospechará nada, es más creerá que se ha quitado un peso de encima.

-¿Cómo vas a hacer eso? No te estoy siguiendo desde hace ya un buen rato- Reconoció Bernarda.

-¿ No es tu tío el alcalde del pueblo?

Bernarda asintió.

-Y si yo fuera un empresario importante y estuviera en la zona ¿a quién iría yo a visitar?

-Al alcalde- reconoció Piedad.

-Pues eso es lo que vamos a hacer. A vosotras dos no es conveniente que os vean por el pueblo, de momento, pero si hay que hablar con tu hermano. Tiene que estar en el lugar idóneo y en el momento preciso para que todo salga bien. Y si no me equivoco a tu tío le gusta el dinero, pues le daremos un poco de dinero le vamos a soltar el anzuelo y mucho me tengo que equivocar si digo que se va a lanzar al cuello a por él. Bernarda ¿hay alguna forma de poder ponernos en contacto con tu hermano?

Bernarda negó con la cabeza.

-He sido una estúpida. Don Anselmo comentó que tenía teléfono en la Iglesia, pero no le pedí el número.

-Pues hay que hacerse con ese teléfono. Habrá que llamar a información para que nos lo faciliten. Quizás tu hermano tenga también teléfono en la casa de tus padres.

Bernarda volvió a negar con la cabeza.

-No lo creo, por su aspecto no creo que a mi hermano le sobre el dinero como para tener teléfono en su casa, más bien pienso que anda bastante justo económicamente.

-Pues si es así, estamos perdiendo el tiempo aquí todos sentados como tres bobalicones. Lo primero que tenemos que hacer es vaciar la cochera adecentarla y hacer unas habitaciones, un cuarto de baño y una cocina para que puedan vivir allí vuestro padre, vuestro hermano, vuestra abuela y vuestra sobrina. 

Bernarda caminaba pensativa de un lado a otro del patio.

-No hace falta que hagamos tanta obra padre. Podemos hacer unas habitaciones y un baño, pero podemos comunicar la cochera con la casa y de ese modo aprovechar nuestra cocina y el salón.

-No es mala idea esa. Lo haremos de ese modo. Mañana mismo iré a hablar con los albañiles para que se pongan con ello lo antes posible. Mientras vosotras dos haceros con el teléfono de la Iglesia y hablar con Don Anselmo. Decirle que el viernes próximo tiene que estar Isaac a una hora en la Iglesia. A una hora que la Iglesia esté vacía y sólo estén ellos dos. Nada de feligreses ni del padre Cándido. Nadie puede oír lo que hablemos con ellos.

Las dos hermanas asintieron a las palabras de su padre.


CAPITULO DIECINUEVE.

15 De Enero de 1980

Habían pasado más de dos meses desde que Ladislao y sus hijas habían empezado a trazar el plan que llevarían a cabo para sacar al resto de su familia del dominio de su Tío Leandro.

Los Picos de Europa estaban cubiertos por un grueso manto de nieve. Bernarda, con una taza de café en las manos y cubierta con una vieja bata contemplaba el paisaje con cierta alegría. Si todo salía bien esa misma tarde o al día siguiente su hermano estaría con ellas en la casa.

Piedad se acercó a su hermana como cuando eran niñas, sin hacer apenas ruido. Despacio y casi conteniendo el aliento. Cuando estuvo a su lado la tocó el hombro. Bernarda salió de sus pensamientos y miró fijamente a su hermana.

-Todo va a salir bien Bernarda. Nada les va a pasar. Estate tranquila.

-Me preocupa más padre, está convencido de que hoy viajará de vuelta con Isaac y el resto de nuestra familia, pero yo no lo tengo tan claro. No tengo tan claro que el Tio Leandro entre en el juego.

Piedad sonrió a su hermana.

-El Tio Leandro es muy listo, pero nuestro padre no se queda atrás. Si fue capaz de que toda una ciudad pensara que éramos sus nietas no creo que tenga mayor problema en que nuestro tío se trague la historia que hemos montado entre todos. Voy a bajar a desayunar y a vestirme para abrir la farmacia. Quédate tú hoy en casa.

Bernarda negó con un gesto enérgico.

-Si hoy me quedo aquí sola tengo la certeza de que me volveré loca. Esperaré a que marche padre y después me iré a la farmacia.

-Está bien. Como tú quieras. ¿crees que les gustará?

-¿El qué? ¿Esta vida? ¿la casa? ¿padre? ¿nosotras? ¿el plan?- Bernarda se encogió de hombros – No lo sé Piedad. Hemos pasado tantos años separados que nuestra verdadera familia es otra muy distinta a la que nos vio nacer. Lo único cierto es que no podemos permitir que sigan viviendo en las condiciones que lo están haciendo hasta ahora y padre e Isaac necesitan cuidados médicos. Estas noches he recordado en más de una ocasión como cuando éramos niñas Isaac cuidaba de nosotras, cómo jugaba cuando tenía un rato sacándonos siempre una sonrisa y cómo siempre que podía nos traía un sobao de la tahona de Margarita. ¿Tú no te acuerdas de esos momentos Piedad?

Piedad echó la vista hacia arriba con la intención de que las lágrimas no llegaran a sus ojos.

-Me acuerdo de todos y cada uno de esos momentos que acabas de nombrar, pero más me acuerdo de los besos y achuchones que nos daba. No se merece la vida que ha llevado estos años.

-Ninguno nos merecíamos la vida que nos ha tocado vivir. Isaac no ha sufrido más que nosotras, no te confundas. Cada uno hemos llevado nuestra cruz en nuestro Vía Crucis particular ¿ tú crees que es justo que Dimas sea consciente que es hijo mío y hermano a la vez? Es hijo porque yo lo parí, pero nos engendró a los dos la misma mala bestia.

-No se lo vas a decir ¿ verdad?.

-No. Ya ha sufrido bastante, que nosotros somo hijas del Tío Leandro sólo lo sabremos Isaac, Don Anselmo, padre, tú y yo. Nadie más sabrá nunca de la existencia de la carta de madre. No es necesario seguir haciendo daño gratuito a más gente.

Piedad asintió a las palabras de su hermana.

-Si quieres que ese secreto esté a salvo con nosotros debes quemar la carta lo antes posible, si pasara algo y esa carta cayera en manos de Dimas tendríamos todos un problema.

-Cuanto que padre se vaya la quemaré en la chimenea.

-No podemos dejar ningún cabo suelto Bernarda. Cualquier paso en falso será nuestro final. El nuestro y el de todos. Quema esa carta.

-Esa carta es todo lo que tenemos de ella.

-Te equivocas. Tenemos una familia que ella construyó y que tenemos que recuperar y tenemos a un tío que tenemos que dar estopa, toda la que ella, por la época en la que vivió, no pudo hacerlo.

Bernarda miró a su hermana.

-Nunca me habías hablado así Piedad.

-Bernarda yo soy más callada que tú. Tú eres mi hermana mayor, has sido mi guía todos estos años. Te he visto caer y levantarte y si tú no hubieras existido no sé que hubiera sido de mí, por eso casi siempre permanezco a tu sombra, pero eso no significa que no tenga voto propio.

-Lo sé.

Las dos hermanas permanecieron por unos minutos calladas, contemplando el gran macizo que tenían en frente y esperando que su padre subiera las escaleras para encontrarse con ellas antes de marchar.


CAPITULO VEINTE.

Según Ladislao se iba a cercando al pueblo donde habían nacido sus hijas notaba como los nervios se iban apoderando de él- No es hora de ponerse nervioso. Tienes ya muchos años a tus espaldas como para que un pueblerino de tres al cuarto te haga perder los papeles- Ladislao se iba dando ánimos. Según los kilómetros iban menguando.

Al igual que había hecho Bernarda dos meses antes, aparcó el coche a la entrada del pueblo y se dirigió hacía la tasca de Jacinto. La idea era hacerse ver y que Jacinto le prestara la suficiente atención como para que hablara de él a todo el que entrara en la taberna, con las instrucciones que le había dado su hija no le costó mucho tiempo llegar al pequeño bar. Abrió la puerta y se dirigió a la barra.

-Un café por favor- Le pidió a Jacinto que le miró con interés. Ladislao dejó encima de la barra la cartera portapapeles de piel que había comprado expresamente para la ocasión. Jacinto miró con atención la cartera. Nunca había visto una igual. El color marrón de la piel y los diferentes trazados que hacía la luz cuando se reflejaba en ella hacían que le fuera difícil retirar la mirada de ella.

-Bonita cartera lleva usted, y cara.

Ladislao asintió.

-Un capricho de mi mujer, como paso tiempo fuera de casa quería que me acordara de ella y como siempre voy con papeles para arriba y para abajo no tuvo otra idea que regalarme la dichosa cartera y tirarme la vieja.

Jacinto se echó a reír mientras secaba los vasos con un viejo trapo.

-Es verdad que son así.

-¿Está usted casado?

Jacinto negó con la cabeza.

-No señor. No lo estoy. Pocas mujeres de mi edad hay en el pueblo y cuando tuve edad de mocear se me fueron los años detrás de esta barra. No quedaba más remedio si quería sacar a mis hermanos pequeños adelante.

Ladislao asintió a las palabras de Jacinto.

-Si. Tuvimos unos años duros después de la guerra, pero bueno eso ya pasó y hay que mirar hacia delante y para eso estoy yo aquí. Para que tengan ustedes un buen futuro.

Jacinto miró a Ladislao extrañado.

-Pues no sé cómo va a hacer usted eso.

-Voy a construir un pequeño hotel aquí. No será muy grande, en principio, apenas veinte habitaciones, pero estoy convencido de que será prospero y haré que venga mucho público a la zona. El teleférico es un buen reclamo que ustedes no deberían dejar pasar por alto.

La cara de Jacinto se había iluminado con las palabras de Ladislao, sólo pensar en que el pueblo tendría afluencia de gente ya era una buena noticia y si además esa gente iba a su taberna él podría ganar mucho dinero. Tendría que adecentar la taberna un poco y hacerla más atractiva a los posibles clientes. Eso lo haría cuando viera el hotel construido. Jacinto no se fiaba mucho de los hombres con traje y corbata. Pensaba que hablaban más que hacían. Quizás la persona que tenía enfrente no era más que un vendedor de humo, pero le gustaba creer que su pueblo tendría en poco tiempo un hotel y se verían las calles llenas de gente. Cierto era que el teleférico estaba apenas a veinte minutos andando y que el entorno era espectacular, si alguien quisiera invertir en la zona, Jacinto tenía la certeza de que sería éxito asegurado. Jacinto quiso saber un poco más.

-¿ Y sabe usted donde va a ubicar el hotel?.

Ladislao negó mientras tomaba un trago de café. Dejó la taza sobre la barra y miró a Jacinto.

-Todavía no lo sé. Tengo que echar un ojo al pueblo, también le digo que si el pueblo no acaba de convencerme me iré a otro. La zona está llena de ellos.

Jacinto veía como su sueño se desvanecía tan rápido como lo había imaginado.

-No se crea que los pueblos de alrededor son como este. No digo que sean feos, ni mucho menos, pero este tiene un encanto natural. Este pueblo atrapa.

-Le haré caso y me daré una vuelta. Tiene que ser una zona que este cerca del centro del pueblo, pero con la distancia suficiente como para que los huéspedes estén tranquilos y que tengan buenas vistas.

-La mejor zona, sin duda, para lo que usted busca, es el barrio de la Hilera- Era justo lo que Ladislao quería oír. Sus hijas le habían hablado de su pueblo y de su barrio, de la zona donde estaba ubicado y justo, las características que le había dicho a Jacinto que buscaba en la zona, eran las que sus hijas le habían dicho que tenía su barrio donde habían vivido y donde ahora vivían su padre y hermano- Cuando vaya hacia él le va a encantar. Vera como no se arrepiente de hacerme caso.

-Daré una vuelta y si me convence hablaré con los habitantes de la zona y con el alcalde, por supuesto.

-Es un hueso duro.

-¿Quién? ¿ El alcalde?.

Jacinto asintió.

-Nunca fue santo de mi devoción, pero desde que es alcalde es mucho más soberbio que era hace años y eso que lo de alcalde le vino a dedo.

-¡Eso es imposible!.

-Le digo yo que fue así. Aquí se untó a más de uno para que cambiaran su voto y saliera él elegido.  Eso y que está casado con la mujer más rica del pueblo. Todo influye en esta vida. A los que no nos influye es a un pobre diablo como a mí que no tengo donde caerme muerto, pero si al alcalde le ofrece dinero por hacer usted el hotel ese aquí, le tendrá a sus pies siempre.



Ladislao comprendió que era ya suficiente el tiempo que había pasado en la taberna. Miró su reloj. Las once en punto. Si todo iba bien Isaac ya le estaría esperando. Se despidió de Jacinto después de pagar el café y abandonó la taberna.


CAPITULO VEINTIUNO.

Cuanto que Ladislao abandonó el bar Jacinto se quedó mirando el teléfono que tenía colgado en la pared. Leandro no era santo de su devoción. Nunca había querido tener mucho trato con él. Poseía una mirada oscura, o eso le parecía a Jacinto. Cuando las niñas, sus sobrinas, desaparecieron del pueblo, Jacinto no entendió nunca por qué no había salido a buscarlas, de hecho, durante mucho tiempo, Jacinto tuvo serías sospechas de que algo malo les había pasado a las niñas y que su tío estaba involucrado, después fueron pasando los años y el recuerdo de las dos hermanas había caído en el olvido, pero con todo y eso, cada vez que Leandro se acercaba por la taberna de Jacinto a este le recorría un escalofrío por todo el cuerpo.

Cuando era niño, y su padre vivía todavía, una vez le mandó que fuera a por pan a la tahona de Margarita, Jacinto por ahorrar tiempo y pasos, se metió por la calleja de atrás de la taberna que daba a unas pequeñas escaleras por donde apenas pasaba nadie. Antes de llegar a las escaleras ya oyó los aullidos de dolor de un animal. Cuando giró la esquina de la calleja vio a Leandro con una vara de hierro en las manos y apaleando a un perro. Jacinto era un niño entonces, pero jamás olvidó esa imagen. La mirada llena de odio que le dirigió el hombre cuando él se le quedó mirando le perseguiría el resto de sus días.

Jacinto no sabía que hacer. Por un lado, no quería tener ningún trato con Leandro, pero por otro quería que ese hombre que acababa de abandonar su taberna hiciera el hotel y fuera gente al pueblo. Sin duda si el desconocido invertía dinero en el lugar crearía puestos de trabajo, se abriría más de una tienda y la gente iría a su bar. En definitiva, sería beneficio para todos.

Jacinto cogió una vieja libreta donde tenía apuntados los teléfonos de casi todos los vecinos del pueblo y buscó el del alcalde. Acto seguido se dirigió al teléfono y marcó el número.

Ladislao se dirigía hacía la casa donde habían nacido sus hijas esperando que Isaac estuviera ya en la puerta hablando con algún vecino. El viejo maestro de dejaba ver por las calles dando el máximo rodeo posible para llegar a su destino. Presuponía la reacción de los habitantes del pueblo, pocas personas sin mucho que hacer…en cuanto vieran a un extraño por sus calles comenzarían a hablar entre ellos. En poco tiempo la curiosidad de los vecinos podría con ellos y todo el mundo sabría que él estaba allí, si a eso sumábamos una conversación con uno de los habitantes del pueblo interesándose por la venta de su casa…era más que probable que el rumor corriera como la pólvora en poco tiempo. Con lo que no contaba Ladislao era que Jacinto, sin saberlo, le estaba haciendo un gran favor y ya estaba hablando con Leandro dando todos los detalles posibles de la visita que había tenido en su tasca.

Cuando Ladislao llegó a la puerta de la casa de sus hijas, tal y como lo habían pactado, Isaac estaba sentado en la puerta con varios vecinos más. Fue entonces cuando ambos comenzaron a interpretar su papel.

Ladislao se dirigió a Isaac y se interesó por la casa dando todo tipo de detalles del proyecto que tenía entre manos. La construcción de un hotel en la zona que daría muchos puestos de trabajo y dinero.

Tal y como habían planeado, Isaac se negó a vender su casa delante de todos.

-Está dejando pasar la oportunidad de su vida delante de sus narices. Con el dinero que yo le puedo ofrecer por la venta de esta casa podría usted comprar una mucho más grande y con todas las comodidades posibles.

Un vecino que estaba escuchando la conversación decidió intervenir. Tiró la colilla del cigarro que se estaba fumando al suelo, se puso de pie y se dirigió a Isaac.

-No seas tonto chaval. Yo tengo más años que tú y sé que una oportunidad como está no pasa nunca. Tienes a un padre que necesita cuidados y tu abuela ya está muy mayor, pronto tendrás que hacerte cargo también de ella y el dinero no da para tanto, si vendieras esta pequeña casuca podrías comprarte otra y tener dinero suficiente para vivir tranquilamente el resto de tu vida. Piénsatelo- El hombre se dirigió entonces a Ladislao- ¿ No le interesaría comprar la mía también?.

Ladislao negó con la cabeza.

-Me temo que no buen hombre, quiero este terreno porque da justo a la ladera de la montaña con lo que las vistas que puede tener el hotel serán magníficas y será un reclamo más para los turistas. Lo siento, pero a no ser que el negocio vaya muy bien y tengamos que ampliarlo, en principio sólo quiero esta casa con el terreno de al lado.

El terreno de al lado la que se refería Ladislao era una finca que, hacía años era del Tío Vitoriano, al morir este y pasar Leandro a hacerse cargo de todo ahora era suyo.

-Chaval no te lo pienses más. Tu Tío Leandro va a vender el terreno cuanto que este hombre se lo proponga y al final te vas a ver sin casa y sin perras.

Isaac continuó interpretando su papel.

-Lo siento. Mi casa no está en venta. Puede usted marcharse por donde ha venido.

Ladislao volvió a meter todos los papeles que llevaba en la mano en su cartera de piel y se dio media vuelta para seguir su camino después de despedirse de los hombres. A medio camino se giró de nuevo y se dirigió al hombre que había hablado anteriormente.

-¿ Me puede indicar usted donde vive el tío de este pobre majadero? Quizás con él pueda llegar a un acuerdo y no sea tan terco como su sobrino.

-Con ese no va a tener usted problemas. Ese ve un billete y se tira a por él. Además es el alcalde del pueblo, con lo que si necesita algún permiso para la obra seguro que se lo puede facilitar sin problemas.

El hombre le indicó donde vivía Leandro. Ladislao se despidió de nuevo de él dándoles las gracias y siguiendo su camino.

La primera parte del plan iba tal y como ellos habían imaginado, incluso mejo. Ahora iban a ejecutar la segunda. Conocer al famoso Tío Leandro.


CAPITULO VEINTIDOS

Plantado delante de la puerta de Leandro, Ladislao certificó que la vida no era justa. La puerta de entrada era de madera de roble y cristal con unas rejas negras que salvaban el cristal de cualquier golpe. La vivienda tenía dos plantas. En la planta de abajo dos grandes ventanales, cada uno a un lado de la puerta principal. En los poyetes de las ventanas dos grandes jardineras con unas hortensias ocupaban todo el espacio dando un toque de color. En la planta superior un corredor de madera iba de un lado al otro de la fachada. Sin duda la casa era ostentosa sus dueños querían dejar claro a todo el mundo que la gente que vivía dentro de ella tenía dinero y poder.

Ladislao observó su reflejo en el cristal de la puerta y tocó el timbre que estaba a su derecha. A los pocos segundos la puerta se abrió. Detrás de ella un hombre de unos cincuenta años le miraba fijamente. Por la mirada que le lanzó a Ladislao este comprendió que su presencia no era ninguna sorpresa para él, sin duda, alguien ya le había hablado del viejo forastero que llevaba toda la mañana dando vueltas por el pueblo, y muy probablemente también alguien le había hablado de sus intenciones.

-Buenos días. Quisiera hablar con Don Leandro.

-Soy yo ¿ le conozco?.

Ladislao hizo un gesto de negación.

-No. No nos hemos visto antes, aunque créame si le digo que hace tiempo que tenía programada esta visita a su pueblo, pero por diversos acontecimientos que no vienen al caso me he visto obligado a posponerlo hasta el día de hoy. Ladislao le tendió la mano y se presentó.

-Bien. Usted dirá que quiere de mí.

-Hacer negocios.

La respuesta tan directa de Ladislao hizo que Leandro, por un instante, se quedara fuera de juego, su mirada de sorpresa lo delató. El viejo maestro siguió hablando como si no se hubiera dado cuenta del detalle.

-Será mejor, si no le importa, que entremos dentro de su casa. Lo que le voy a proponer le puede reportar muchos beneficios y usted no tendrá que desembolsar ni un duro. Todo serán ventajas para usted, si no es una persona tan cerrada de mente como su sobrino Isaac, al que acabo de conocer- Ladislao esperó a ver que efecto tenían sus palabras en Leandro.

-Ese es un patán como toda su familia. Entre, por favor, hablaremos en mi despacho.

Ladislao siguió a Leandro por el largo pasillo de la casa. Una gran escalera de madera en forma de caracol unía las dos plantas de la vivienda. Subieron al piso superior. Leandro abrió la gran puerta de madera de dos hojas que conducía a su despacho, una habitación de grandes dimensiones. Una meda de madera tallada a mano ocupaba el centro de la estancia. Unas cortinas de terciopelo verde tapaban los dos grandes ventanales de la habitación, Leandro descorrió las cortinas haciendo que la luz del sol inundará la habitación.

-Siéntese, por favor- Leandro se dirigió al mueble bar que tenía a su derecha y se sirvió un vaso de whisky, mirando a Ladislao le preguntó- ¿ le sirvo uno?

El hombre declinó la propuesta.

-No suelo beber cuando hago negocios.

Leandro se encogió de hombros y se sentó frente a Ladislao.

-Bien. Usted me dirá que quiere de mí. Coménteme ese negocio que tiene entre manos y que quiere que yo participe en él.

-Quiero hacer un hotel en este pueblo y tengo la zona exacta donde lo quiero construir, ya he estado esta mañana mirando el terreno, por cierto, parte de ese terreno es suyo. Como le he indicado anteriormente, he hablado con su sobrino Isaac para que me venda su casa, pero no ha habido forma de convencerle.

-Mi sobrino y mi hermano, que viven en esa casa, no tienen ni voz ni voto en este asunto.

-Pero ellos viven ahí.

-Si, pero los terrenos son míos.

-No le entiendo, perdóneme mi torpeza, pero su sobrino me ha dicho que esa era su casa y que vivía allí con su hija y su padre.

Leandro le miraba con superioridad.

-El que manda en esa casa y en el terreno colindante soy yo, que soy el propietario de todo. Si hasta ahora los he dejado vivir allí ha sido por pena. Mi hermano hace años que quedó viudo y perdió la cabeza. Mi sobrino se ha hecho cargo de él. Se fue a vivir con él por decisión propia, pero el anterior propietario del terreno era el marido de la que ahora es mi mujer que falleció. Al casarme con ella me pasó todos los poderes a mí, con lo que el dueño de todo ese terreno soy yo. El que está construido y el que no.

Ladislao se removió inquieto en su silla.

-Tampoco quisiera yo dejar a una familia en la calle.

-Los negocios son los negocios. Mi sobrino es un flojo que no sabe otra cosa que hacer en esta vida que dar pena, pero ese no es nuestro problema.  ¿Cuánto pagaría por el terreno?.

-Diez millones de pesetas.

A Leandro por poco se le cayó el vaso de whisky que tenía entre sus manos al oír la cifra.

-¿Diez millones de pesetas?.

-Ha oído usted bien. Diez millones de pesetas. Le advierto que mi oferta no es negociable, si no le interesa hay otros pueblos por la zona que también me cuadran para hacer el hotel.

-No tendrá que irse a ningún sitio. El trato va hacia delante. ¿ Cuándo quiere que lo cerremos?

-¿No quiere saber los detalles de la operación?.

-Lo que usted vaya a hacer en el pueblo sinceramente me da igual, tengo ese terreno muerto y mi sobrino y mi hermano ya va siendo hora de que se busquen la vida. Ahora iremos a hablar con ellos para que vayan haciendo las maletas.

Si Ladislao no estuviera interpretando su papel con ganas se hubiera levantado de la silla que ocupaba y se hubiera liado a golpes con ese indeseable que estaba delante de él.

-Mañana, si usted quiere, podemos firmar ante notario la venta del terreno y de la casa.

-Me parece perfecto. Imagino que usted ya tendrá todo esto hablado con algún notario.

Ladislao asintió.

-Si. Si que lo tengo. Mañana si le parece bien vendré con él y firmaremos la venta del terreno aquí mismo. ¿ A las diez de la mañana le viene bien?.

-Si pudiera ser antes mejor. No esperaba su visita y mañana tengo que salir de viaje por unos días a primera hora de la mañana.

-Bien. Estaré entonces aquí a las nueve de la mañana- Ladislao le dio a Leandro un fuerte apretón de manos en señal de que el trato estaba cerrado.

-Si me disculpa vaya usted a hablar con su familia. En temas de este tipo yo ni entro ni salgo. Mañana estaré aquí como hemos acordado.

Leandro acompañó a Ladislao hasta la puerta de entrada de su casa con una sonrisa de satisfacción en su cara. De un solo plumazo ganaría un buen dinero y se desharía de su familia. Al día siguiente saldría de viaje con su mujer a Italia y tendría dinero suficiente para gastar y que esa gallina se callara por un tiempo. La odiaba de la misma manera que odiaba a casi todas las personas que conocía, pero a ella la tenía que tener contenta. Era la gallina de los huevos de oro, no se podía separar de ella porque le dejaría en la calle antes de que a él le diera tiempo a contar hasta tres. Había pensado quitársela de en medio, pero no había encontrado el momento oportuno y ahora si hacían el hotel tendría que permanecer con ella por un tiempo. Serbanda era una mujer con muchas influencias en el pueblo y fuera de él. Era una mujer muy lista que se había casado con el tío Vitoriano cuando apenas era una adolescente y él ya peinaba canas. A su lado había hecho una gran fortuna y con su simpatía y juventud había abierto muchas puertas que a Vitoriano se le habían resistido   durante muchos años.  Leandro sabía que la necesitaba, aunque la quisiera lejos de él o enterrada bajo tierra. No se había casado con ella por amor, simplemente había sido un negocio para él. Uno más de lo muchos que hacía y que hasta ese momento no habían prosperado en absoluto. Serbanda seguía siendo una mujer atractiva que hubiera vuelto loco a cualquier hombre, pero no a Leandro. Poco podía imaginar él, aquella mañana, que quién realmente estaba cavando su propia tumba era él mismo.

CAPITULO VEINTITRES.

Ladislao se dirigió hacía su coche con un buen sabor de boca. Todo iba como lo habían planeado, incluso si le apuraban un poco podría decir que iba mejor de lo que ellos habían imaginado   . Leandro había entrado al trapo desde el primer momento y no le había costado ningún esfuerzo que se deshiciera de la casa y del terreno colindante a esta. Sin duda Leandro era una persona que no tenía cariño a nada ni a nadie.

Cuando Ladislao se subió al coche tuvo la sensación de que era observado. Nunca había sido un hombre que se caracterizara por ser miedoso. Dejó el motor en marcha y salió del vehículo, echó un vistazo a su alrededor. Estaba solo. La calle estaba desierta. Había empezado a nevar hacía un buen rato y todo el mundo se había metido en sus casas. Ladislao se subió el cuello de su abrigo negro de paño y volvió a entrar en el coche. Enfiló el camino de vuelta con ganas de contar a sus hijas como había ido todo. Lo que no sabía Ladislao era que su presentimiento era acertado. Había estado vigilado en todo momento, alguien más que él conocía todos sus movimientos.

Bernarda y Piedad estaban terminando de comer cuando oyeron el viejo motor del coche de su padre. Las dos se miraron y salieron corriendo a su encuentro.

Ladislao las sonrió.

-Hace un frío de mil demonios aquí fuera. Entremos dentro.

-¿Todo ha ido bien?.

-Ha ido mejor que eso. No me ha costado nada convencer a Leandro para que vendiera el terreno y la casa. Tal y como nos había dicho Isaac no ha dudado en echarlos de casa y darme la propiedad en su totalidad. Calculo que a estas horas Isaac, vuestro padre y vuestra sobrina estarán ya en casa de vuestra abuela. Leandro se iba a acercar a la casuca para decirles que había vendido todo y que la casa tenía que estar libre antes de las nueve de la mañana del día siguiente, es decir, de mañana.

-Es una mala bestia- se lamentó Bernarda.

Ladislao meneó la cabeza.

-No apruebo todo lo que os hizo, ni a vosotras ni a vuestra madre, pero en sus ojos también vi dolor Bernarda. Vi mucho rencor y mucha avaricia, pero también vi dolor.

-Mi tío siempre ha sido un embaucador de tres pares de narices- Bernarda señaló con el dedo índice a su padre en señal de advertencia- No te dejes influir por él o estaremos todos perdidos.

-Bernarda, por favor, sólo he hecho un comentario. Nada más.

-¿Cómo has visto a Isaac?- Preguntó Piedad intentando despejar la tensión que se había creado en un momento.

-Le he visto bien. Está tranquilo. Quiero que las dos sepáis que vive en la más absoluta pobreza, la casa no tiene ni luz eléctrica, he deducido, porque los demás vecinos si la tienen, que en algún momento se la tuvieron que cortar y no la han vuelto a dar de alta.

-Tenemos que traerlos para acá.

-Con calma Bernarda, hay que dar tiempo al tiempo. Tenemos que dejar que tu tío se confíe.

-Pero tú dijiste que hoy o mañana estarían ya aquí.

Ladislao dio un puñetazo en la mesa.


-Sé lo que dije. ¡No estoy senil, maldita sea!, pero no podéis ser un par de inconscientes. Tenemos que ir paso a paso. Vuestro tío marcha unos días de viaje con lo que hasta que no regrese y no vea como Isaac y su familia abandonan el pueblo no podemos hacer nada. Ese era el plan inicial y ese es el plan que vamos a seguir, os guste o no. No vamos a poner a nadie en peligro innecesariamente. ¿Queda claro?- Las dos hermanas asintieron al unísono a las palabras de su padre como cuando eran niñas.


CAPITULO VEINTICUATRO.

Un sudor frío hizo que Bernarda despertara en mitad de la noche. Durante unos instantes la costó ser consciente de que estaba en su habitación tumbada en su cama.

El nudo que sentía en la boca del estómago la hacía creer que había tenido un mal sueño, aunque era incapaz de acordarse de él.

Decidió levantarse y salir al corredor a que la diera un poco el aire, si apagaba la luz e intentaba dormirse sabía que sería una misión imposible. Se anudó su vieja bata a la cintura y cogió un cigarrillo del paquete que tenía empezado encima de la vieja mesita de madera. Abrió con cuidado la puerta que daba al corredor con miedo a despertar a alguien y salió a encenderse el pitillo. Con el resplandor de la llama del mechero pudo ver, por el rabillo de su ojo, que una sombra se movía en el patio. Volvió a encender el mechero, pero no consiguió ver nada. Entró entonces a la habitación y dio al interruptor de la luz que tenía a su derecha con el fin de que la luz del corredor se encendiera. Volvió a salir fuera y entonces lo vio.

Vio la figura de su tío que la observaba desde el patio. Tenía la mirada fija en ella y permanecía inmóvil. Bernarda tiró el cigarro al suelo y salió corriendo escaleras abajo. La puerta de entrada se la resistió por unos momentos, cuando consiguió salir fuera su tío había desaparecido. La puerta de hierro que daba al patio estaba entre abierta, salió entonces a la calle. Miró a un lado y a otro, pero no había nadie. Subió entonces la pequeña pendiente que daba a la pequeña plaza donde se encontraba la farmacia. Volvió a escrutar su alrededor. La calle estaba desierta. No había nadie, ningún ruido tampoco. Miró su viejo reloj que no se había quitado de su muñeca desde hacía más de diez años. Eran las cuatro de la mañana.

Una mano puesta en su hombro hizo que emitiera un grito de angustia. Piedad la observaba a su espalda.

-¿Estás loca? ¿Se puede saber que haces en mitad de la calle a las cuatro de la mañana y descalza?.

Bernarda fijó entonces su mirada en sus pies, con las prisas y con las ganas de coger a su tío no se había dado cuenta de que había salido de su casa en mitad de la noche  medio desnuda y descalza.

-Le he visto, Piedad.

-¿A quién? Aquí no hay nadie. Sólo estamos nosotras. Te oí bajar las escaleras rápidamente y decidí seguirte, pensé que algo malo le pasaba a padre, pero cuando vi que salías a la calle me di media vuelta. Me calcé y salí a tu encuentro. Te puedo asegurar que sólo estamos nosotras. No me he cruzado con nadie en estos pocos metros.

-Sé lo que vi Piedad. No estoy loca.

-Nadie dice que lo estés Bernarda. ¿Dónde lo viste?.

-En el patio de casa. Estaba mirando hacía el corredor y cuando yo le vi se quedó inmóvil, desafiándome con la mirada. Cuando bajé y pude abrir esa maldita puerta que se encaja como su maldita madre ya había desaparecido.

-Bien ¿no puede ser que salieras medio dormida al corredor y tu subconsciente te jugara una mala pasada?.

Bernarda negó con la cabeza.

-Era él. Le vi como te estoy viendo a ti ahora. La puerta de la cancela estaba entre abierta cuando yo bajé.

-Esa puerta cierra mal diez de cada doce veces que la cerramos. Sabes que entran perros y gatos al patio por las noches. Es fácil que se quedara mal encajada y que cualquier animal la empujara un poco. Nos ha pasado más de una vez.

Bernarda seguía negando con la cabeza.

-Era él.

Piedad la echó el brazo por encima del hombro.

-Vamos a casa Bernarda. Te prepararé un buen tazón de chocolate, como cuando tú lo hacías conmigo hace ya muchos años. Eso hará que entres en calor y te tranquilices. Si seguimos aquí paradas nos vamos a agarrar un constipado de tres pares de narices y ahora lo que menos nos podemos permitir es caer enfermas cualquiera de las dos.

Las dos hermanas entraron en la casa intentando hacer el menor ruido posible. Nada más poner los pies en la entrada de la vivienda la luz se encendió.

-¿Me queréis explicar que coño hacéis las dos ahí fuera con la noche que hace?.

Piedad miró a Bernarda, permaneció callada por miedo a descubrir a su hermana.

-Ha sido culpa mía, me pareció ver a alguien en el patio y bajé para cerciorarme de que era verdad.

-¿ Y lo era?.

Bernarda negó con la cabeza.

-No. En la calle no había nadie, pero era tan real que necesitaba estar segura por mí misma.


Ladislao estaba atento al relato de Bernarda.

-¿ A quién te pareció ver?.

-A nuestro tío. Sé que es una locura. Sé que desconoce nuestra existencia. Sé que estamos lejos de él, pero lo vi padre. Te juro que lo vi como te estoy viendo ahora a ti.

Ladislao levantó su mano derecha.

-No hace falta que me jures nada cariño, si saliste a la calle con este tiempo, a estas horas y descalza como estás sé que es porque tuviste la necesidad de hacerlo. Todos estamos muy nerviosos y es fácil que tu subconsciente te jugara una mala pasada, simplemente eso.

-La cancela estaba entre abierta.

-Muchas son las noches que permanece así. Sabes de sobra que esa vieja cancela no cierra en condiciones la mitad de las veces. Será mejor que las dos os metáis en la cama e intentéis dormir un poco.

Las dos hermanas, tal y como hacían cuando eran unas niñas, obedecieron a su padre y se marcharon a sus habitaciones.

Una vez que la casa se quedó en silencio Ladislao salió al patio y cerró la cancela con fuerza. Volvió de nuevo a la casa y atrancó la puerta de la entrada. Creía en las palabras de su hija y casi estaba seguro de que el tío Leandro había podido estar en el patio de su casa. Él mismo, había tenido la sensación  en el pueblo, aquella mañana, de que alguien le seguía cuando llego a su coche, y ¿ si le había seguido ese malnacido y sabía dónde vivían?.

Ladislao prefirió que el pánico no se apoderara de él y se encaminó hacía su habitación. Le esperaba una mañana movida al día siguiente y él ya no era el chaval de hace unos años, además su espalda le estaba matando y las últimas nevadas no habían hecho más que acrecentar su dolor.



CAPITULO VEINTICINCO

A las seis de la mañana Don Anselmo salió de la sacristía donde dormía y se dirigió hacía la vieja casilla para coger sus viejos utensilios que utilizaba para su huerto, a penas se veía, pero el viejo cura no podía permanecer más tiempo en su cama, tampoco quería despertar al joven Cándido que dormía plácidamente en su cama. Abrió la puerta de la casilla y se alumbró con la linterna que llevaba en sus manos, hacía tiempo que quería poner luz eléctrica en la vieja casilla, pero la Iglesia tenía otras necesidades más acuciantes que la luz de su pequeña casilla. Se dirigió hacía la caja de madera donde tenía guardada la azada, cuando estaba a punto de cogerla notó como una sombra se movía a su lado. La vista del viejo cura no era ya la que había sido hacía años, pero sabía lo que había percibido, la sombra volvió a moverse esta vez más cerca de él. Un golpe certero en la sien le hizo perder el equilibrio y caer al suelo, su frente sangraba con fuerza, la sangre que le caía por su ojo derecho hacía que la visión se le nublara. La sombra salió entonces de la oscuridad y con la luz que proyectaba la linterna el viejo cura pudo ver el rostro de su agresor. En un primer momento su mente se negó a aceptar lo que estaba pasando y mucho menos a aceptar quien era su agresor. El viejo cura con la mano en su cabeza consiguió ponerse en pie.
´
-Leandro no sé porque me estás haciendo esto. Siempre he estado apoyando a tu familia. Cualquier cosa que te pueda estar sucediendo tiene solución. Yo no soy tú enemigo.

El agresor no hablaba simplemente miraba a su víctima.

-Por Dios Leandro. Ten piedad.

-Aquí solo estamos usted y yo padre, no meta a Dios en todo esto.

Un puñetazo certero en la boca del estómago hizo que Don Anselmo se doblara de dolor. Antes de que se pudiera reponer de ese puñetazo otro más hizo que acabara tumbado en el suelo. Los golpes siguieron por unos minutos. Don Anselmo rogaba a Dios que Cándido se despertara y fuera en su busca, pero eso no sucedió. Su agresor siguió pegándole sin piedad, cuando asumió que el viejo cuerpo del sacerdote no iba a aguantar mucho más y que la hora se le echaba encima sacó un cuchillo de grandes dimensiones de su guardapolvos y le abrió en canal, tal y como había jurado que haría con la madre de Bernarda si le delataba o con Isaac. Don Anselmo murió a los pocos minutos con su pequeño crucifijo entre sus manos. Su agresor abandonó la casilla dejándola cerrada con llave. Se dirigió entonces al coche que tenía aparcado en la parte de atrás del huerto. Cogió las dos latas de cinco litros de gasolina que tenía preparadas y roció con ellas la casilla. En pocos minutos la casilla se consumía entre las llamas. Se montó en el viejo coche y abandono el lugar lo más rápido que pudo.

El padre Cándido estaba desayunando en la Sacristía cuando el humo del incendió de la vieja casilla se coló por la pequeña ventana. El joven cura se asomó a la ventana y comprendió lo que estaba pasando. Salió corriendo hacia ella atravesando el pequeño huerto de Don Anselmo, según iba avanzando varios vecinos se unieron a su carrera, cuando llegaron a la casilla era imposible entrar en ella.

-¿Está Don Anselmo dentro?

Cándido no hablaba. No sabía a ciencia cierta si el viejo cura estaba ahí, cuando se había despertado minutos antes ya estaba solo en la habitación. Había imaginado que Don Anselmo había ido al huerto, pero no lo podía asegurar.

El vecino volvió a preguntarle.

-Don Cándido ¿está Don Anselmo dentro?

El cura no le escuchaba. Su mirada estaba perdida en las llamas. Pronto los vecinos hicieron una cadena humana echando agua al incendio con la intención de sofocarlo lo antes posible. Tardaron más de dos horas en hacerse con él. Todos sabían que los bomberos tardarían en llegar y al igual que había pasado con Isabel, la mujer de Isaac, poco pudieron hacer para salvar la vida del viejo cura. Su cuerpo calcinado o lo que quedaba de él yacía dentro de la vieja casilla.


Nadie reparó en el hombre que había al otro lado del viejo puente que separaba el pueblo. Nadie vio la sonrisa que se dibujaba en su rostro. El viejo cura había dejado de ser un peligro para él. Pronto sus dos sobrinas correrían la misma suerte que ese viejo cura.

CAPITULO VEINTISEIS

A esa misma hora y ajeno a todo lo que estaba pasando Ladislao recogía a Justo en la plaza del ayuntamiento.

Justo era un joven del pueblo que bebía los vientos por Piedad. Se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio, pero Piedad nunca le había dado una pequeña oportunidad para que la dejara conquistar. Cuando Ladislao pensó en que tenía que buscar a alguien entendido en leyes pensó en Justo, era la persona perfecta. Hacía años que vivía en el pueblo, pero antes había estado estudiando en la capital y había sacado sus estudios de derecho. La vida de una ciudad no era para él y en el mismo momento que se licenció volvió a su tierra para cuidar de sus padres y hacerse con el negocio familiar. Una pequeña ganadería que él trabajaba con orgullo. Ladislao habló con Justo en el mismo instante que supo que necesitaría sus servicios, conocía perfectamente al hombre y sabía que era de fiar, si por él hubiera sido hubiera hecho todo lo posible porque Justo viviera con Piedad, pero su hija era una mujer terca como una mula y terca como su hermana que no se dejaba aconsejar por nadie. Si seguían pasando los años y nadie lo remediaba al final sus tres hijas se quedarían para vestir santos. Cuando llegó a la plaza del ayuntamiento Justo llevaba ya más de diez minutos esperándole. Ladislao abrió la puerta del viejo coche para que Justo pudiera entrar.

-¡Creí que ya no venías Ladislao!

-¿Cómo no iba a venir insensato? Sólo que a este viejo cacharro le cuesta arrancar por las mañanas.

Ladislao reparó entonces en la indumentaria de su vecino. Justo llevaba puesto un abrigo marrón de paño con una buena caída. El traje que se dejaba ver era de color negro. En la mano llevaba una cartera de piel muy parecida a la suya.

-Vaya Justo si que te has preparado a conciencia. Cualquiera dice que eres el mismo ganadero de todos los días que no te cambias la ropa en semanas.

Justo se echó a reír.

-Me lavo más que muchos de aquí, pero ya sabes que el trabajo con animales conlleva suciedad. Hoy había que vestirse para la ocasión y un notario que no vaya vestido con un buen traje no merece ser nombrado notario.

Los dos hombres rieron al unísono.

Ladislao se quedó mirando a Justo y cambió la expresión de su rostro.

-Sabes que no tienes que hacer esto si no quieres. Tampoco te he contado mucho, pero créeme que es mejor así.

Justo se encogió de hombros.

-Todo lo que sea por ayudar a Piedad está bien hecho, no me importa las consecuencias ni lo que pueda pasar. Yo la quiero, aunque sé que ella no siente lo mismo por mí. Con los años he comprendido que no seré más que un buen amigo para ella y los buenos amigos están para tender una mano en los malos momentos, si ahora vosotros me necesitáis es hora de que yo tienda esa mano. No te apures Ladislao por mi, por una vez en la vida voy a ejercer de lo que realmente soy, lástima que mi madre no pueda verme de esta guisa. Estaría orgullosa de mi.  Tira ya para ese dichoso pueblo y vamos a acabar lo que tenemos entre manos.

Ladislao hizo lo que le pedía Justo y tal y como había hecho el día anterior encaminó la carretera que llevaba al pueblo de sus dos hijas.


CAPITULO VEINTISIETE.

Cuando Ladislao y Justo llegaron al pueblo comprendieron enseguida que algo había ocurrido. Aparcaron en la calle principal y se dirigieron a la casa de Leandro. Al pasar al lado de la Iglesia vieron el humo del fuego ya extinguido, Ladislao se acercó a uno de los vecinos.

-¿Qué ha pasado aquí?.

El hombre se le quedó mirando sujetándose las ganas de llorar. Se encogió de hombros y contestó a la pregunta que le acababan de formular.

-No lo sabemos. Sólo sabemos que se ha declarado un incendio en la vieja casilla que utilizaba Don Anselmo y que ha fallecido dentro. Una desgracia porque aquí era muy querido el viejo cura.

Ladislao echó un rápido vistazo a su alrededor. Miró a Justo y le hizo una señal para que siguieran andando.

Cuando se alejaron de las miradas indiscretas Justo le preguntó.

-¿Le conocías?.

-Personalmente no. Había hablado un par de veces con él por teléfono y nos estaba ayudando en todo lo que podía. La noticia les va a afectar mucho a mis hijas, sobre todo a Bernarda, pero los accidentes suceden y los incendios también. No se puede hacer nada al respecto.

Continuaron caminando en silencio hasta que llegaron a la casa de Leandro. Ladislao no creía que el incendio hubiera sido un accidente ni por lo más remoto, pero tampoco quería sobresaltar a nadie con sus sospechas.

A las nueve en punto tocaba el timbre de la casa de Leandro. Este no se hizo de rogar y abrió la puerta a los pocos segundos de que el timbre sonara. Les recibió con una amplia sonrisa. Leandro estaba pletórico y no tenía ninguna intención de disimular su alegría.

-Entren, por favor. Los estaba esperando. Ya le comenté a usted ayer que cuanto que dejemos zanjado este tema salgo de viaje con mi familia.

Ladislao y Justo siguieron a Leandro hacia su despacho. La casa era un ir y venir de empleados con maletas que metían en un coche aparcado en la entrada del patio principal.

Ladislao pudo ver a una mujer rubia que se le quedaba mirando, con aire de desconfianza, desde la cocina de la vivienda cuando entraron él y Justo por la puerta. La mujer daba el desayuno a dos gemelos que tenía sentados en la mesa de la cocina. Ladislao supuso que la mujer era Serbanda y que los gemelos eran los pequeños que había tenido fruto de su unión con Leandro. Ladislao la miró por unos instantes. La mujer tenía un pelo rubio que la llegaba por la cintura, lo llevaba recogido en una especie de trenza con mechones sueltos que la hacían más atractiva de lo que ya era. Para su gusto la mujer estaba excesivamente maquillada. Sus labios rojos hacían que la mirada se fijara en ellos de una forma sensual. Sin duda, era una mujer joven con una belleza poco habitual. Sus ojos eran de un azul intenso que a Ladislao le recordaron su querido mar Cantábrico, sin embargo, ese azul se veía sombreado por un halo de preocupación y tristeza. El viejo maestro apartó la mirada de los ojos de la mujer. Sin darse cuenta el viejo maestro se había ruborizado y casi se había puesto nervioso durante esos instantes en que sus miradas se habían cruzado. Lo que el viejo maestro no sabía era que a Serbanda le había ocurrido lo mismo.

Ladislao apretó el paso para poder seguir a Justo y Leandro que iban charlando amigablemente dirección al despacho. Cuando Leandro cerró la puerta y estuvieron los tres reunidos fue directo al grano.

-Como ya le dije ayer Ladislao tengo un poco de prisa con lo que si tienen ustedes todos los papeles de la venta redactados firmaré y nos iremos cada uno a nuestros quehaceres que no son pocos, por lo menos por mi parte.

Ladislao no tenía la misma prisa que tenía Leandro. Decidió hablar unos momentos con él antes de firmar la venta.

-¿No se ha enterado del incendio que ha habido al lado de la Iglesia?.

Leandro se le quedó mirando por unos instantes, después sonrió.

-Yo me entero de todo lo que pasa en mi pueblo, para algo soy el alcalde, pero debo de confesarle un par de cosas. La primera es que no me extraña que esa vieja casucha haya salido ardiendo ¡a saber lo que tendría el cura metido ahí! Y por otro lado debo de confesarle que nunca me he llevado bien con la iglesia ni con Don Anselmo. Ese hombre era un viejo curioso que se metía en la vida de todo el mundo, con lo que espero que Dios le tenga en su gloria y nos espere allí muchos años. ¿firmamos?

En menos de cinco minutos el trato estaba hecho. Ladislao entregó el cheque por valor de diez millones de pesetas a Leandro.

-Aquí tiene lo pactado.

Leandro examinó el cheque.

-Perfecto. Veo que está todo en orden. Espero que su negocio nos traiga beneficios a todos.

-Eso espero yo también. Dígame una cosa Leandro.

-Usted dirá.

-¿Echó a su familia sin problema de la casa? No me gustaría encontrarme con algún inconveniente ahora que marcha usted unos días de viaje.

Leandro volvió a sonreír.

-No se preocupe por ese aspecto. Está todo arreglado, de hecho, le acabo de entregar las llaves de la casuca. ¿qué más quiere?

Ladislao se encogió de hombros.

-Nada más.

-Pues no quiero ser grosero con ustedes. Ya tendremos tiempo de tomar algo a mi vuelta, pero ahora me tengo que marchar. Tengo a mi mujer y a mis hijos deseando salir de viaje ya.


Los dos hombres se despidieron de Leandro dejándole solo en su despacho. Cuando no oyó pasos cerca Leandro cerró la puerta del despacho por dentro. Se sentó en su escritorio y abrió uno de los cajones de su derecha que permanecía siempre cerrado con llave. Sacó una pequeña bolsita con el polvo blanco. Se preparó un par de rayas y esnifó la droga. Se recostó en el respaldo de la silla y cerró los ojos. Necesitaba estar un rato tranquilo fuera de los gritos de sus hijos, fuera de las miradas de reproche de su mujer y de todos los pueblerinos que no le dejaban vivir.

















29 comentarios:

  1. Alucino contigo amiga ....me encanta siempre me dejas con ganas de mas 😅eres grande ,sigue luchando por tu sueño🤩✒✒✒✒

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    1. Claro que si. Los sueños no se pueden dejar en un cajón hay que perseguirlos hasta el final. Me hace muy feliz que te guste espero que sea un sentimiento general y que sigáis esta pequeña novela desde aquí. En breve el segundo capitulo....Un abrazo muy fuerte Luci

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  2. Será un libro exitoso como el primero , con ganas de leerlo Ya!! El primer capítulo nos deja con ganas de más. Mucha suerte de corazon!! Te lo mereces Raquel

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    1. Muchas gracias guapisima.Ojala tengas razon.Un abrazo muy fuerte MariCarmen

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  3. Estoy deseando que cuelgues él próximo capitulo de me odiaras. Nos tienes enganchados con tu forma de escribir desde que te conocimos con venganza porque en todos los capítulos pasa algo y esa Patricia engancha y preveo que Bernarda va a enganchar igual o mas, menudo personaje te has marcado.muchísima suerte.Israel

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  4. Muchas gracias Israel. Estamos trabajando mucho para que La Jindama De Las Hienas sea una novela mejor que Venganza. Son muchos los que estáis detrás de este proyecto cada uno aportando su pequeño granito de arena. No tengo palabras para agradecer tanto esfuerzo, cariño y apoyo. Sólo espero no defraudaros. Muchas gracias de nuevo Israel

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  5. No dejas de sorprenderme .........me gusta muchísimo, deseando leer el próximo capítulo 😘

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    1. Tenía miedo porque no es como Venganza ni La Jindama De Las Hienas y cuando cambias de registro aunque es novela negra...da miedito jijiji, muchas gracias Luci..El lunes tienes el próximo!!!!!!

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  6. Engancha estoy a esta historia de mujeres fuertes y luchadoras como tu ......
    Sigue luchando por tu sueño 😘✒

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    1. tu mejor que nadie sabes que las mujeres, si queremos , podemos con todo has tenido ejemplos muy cercanos de mujeres muy fuertes y luchadoras , Bernarda y Piedad son ese tipo de mujeres , aunque ellas todavía no lo saben. Gracias por estar ahí todos los dias

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  7. Esta historia promete y mucho ......q sera de estas dos hermanas?????.
    🤔q ganas de massssssssss😘😘😘

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    1. les va a pasar de todo, bueno , malo y regular como la propia vida ...el viernes mas . Gracias!!!!!!!!!!!

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  8. Hay madre mia está Bernarda q disgustos nos da .......en un sin vivir estoy deseando leer más.Me gusta mucho😘✒✒✒

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  9. jajajaja, la verdad es que si, ayer un lector me decía que tenia el estomago encogido...y eso es lo que pretendo. Que el lector se implique en la historia y con los personajes. Gracias!

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  10. Q larga la espera para el siguiente capítulo.........venga una tregua para ésas hermanas.👏👏👏✒✒✒

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  11. Raquelllllll el siguiente capitulo ya por favor ......una tregua para las hermanas 👏👏👏👏👏✒✒✒

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    1. Ya le tienes aqui...vamos a ir dando caña!!!!!!!!!!!gracias Luci, se te quiere y mucho

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  12. 😲😲😲😲😲👏👏👏👏👏Bravo amiga eres una máquina ✒✒✒✒✒✒✒

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    1. ves como daba una tregua a las hermanas?? jajajaja, gracias Luci!!!!!!!!!!!!!!!!

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  13. Capítulo leido esto se pone cada vez mas interesante 👏👏✒eres una máquina AMIGA 😘😘😘

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    1. Hay que dar tiempo para que las hermanas se vayan labrando un futuro. Nunca podré agradecerte todo el apoyo que me regalas....gracias!!! el viernes otro capitulo más

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  14. Raquel estoy muy de acuerdo con los comentarios que te hacen esta muy interesante y necesitas mas besos prima

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    1. Muchas gracias prima, ya va llegando la acción, sin vosotros no podría conseguirlo tú comentario me ha subido mucho la moral. Gracias. Besos

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  15. Tengo el corazón en un puño de las penas de esta familia....uffffd

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    1. Dicen que no hay mal que cien años dure....Pronto se irá todo aclarando. Gracias por seguirme

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  16. Cada vez me gusta más, ya va habiendo movimiento..muy bien!

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    1. Me alegro mucho que te vaya gustando. Espero que el desenlace te sorprenda

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  17. Madre q tío tan malooo.Raquel esta muy interesante espero q se lleve su castigo

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    1. Muy pronto lo tendrá....o no. En breve tendréis más capítulos en el blog. Gracias por seguirme

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